¿Progreso moral o aculturación progresista?

No existe algo así como el “progreso moral”. Con esto no pretendo señalar el trivial contraste entre el progreso tecnológico, por un lado, y las injusticias, el hambre y las guerras, por otro. Efectivamente, algunas de estas calamidades, que conocemos a diario con sólo encender el televisor, demuestran que no ha existido el progreso moral. Pero lo que yo afirmo es mucho más radical: que tal progreso de las ideas morales no puede existir, o más exactamente, que es un concepto en sí mismo erróneo.

En primer lugar, es preciso no confundir los efectos del progreso tecnológico con un supuesto progreso moral. Por ejemplo, el aumento de la productividad y de la riqueza ha permitido, en los países más desarrollados, prohibir el trabajo infantil. No es que nosotros queramos más a los niños que nuestros abuelos, es que hoy podemos permitirnos el lujo, afortunadamente, de que nuestros hijos vayan a la escuela hasta los dieciocho años o más. Incluso las leyes penales eran más duras en el pasado, porque también lo eran las condiciones de vida de la mayor parte de la población, y por tanto unos castigos menos severos y unas cárceles más confortables, además de inasequiblemente costosas, hubieran tenido menor poder disuasorio.

En segundo lugar, hay que distinguir también entre progreso moral y lo que llamaré aculturación progresista. Los antropólogos denominan aculturación al proceso por el cual una cultura se impone a los habitantes de un territorio, sustituyendo a la cultura indígena. Aquí me refiero al proceso por el cual una minoría intelectual, desde hace dos siglos, ha impuesto la ideología progresista a las sociedades occidentales, desplazando en gran medida a la cosmovisión judeocristiana.

En nuestros días se ve como algo odioso la persecución de determinadas minorías, o simplemente las actitudes de menosprecio o burla hacia ellas, incluso cuando no tienen mayores consecuencias. Pensemos, por ejemplo, en las personas homosexuales. Sin embargo, esto no es debido a que hoy seamos más respetuosos con la intrínseca dignidad del ser humano, sino a que ya no se cree que la homosexualidad sea un pecado, ni siquiera que sea algo socialmente inconveniente. Sí, somos aparentemente más tolerantes hacia las creencias o conductas diferentes a las nuestras, pero eso es porque nosotros mismos no creemos demasiado en nada. Lo cual propiamente no es tolerancia, sino relativismo o escepticismo.

Muchos piensan: benditos sean el relativismo y el escepticismo si gracias a ellos dejamos de perseguir a las personas por sus ideas religiosas, filosóficas o políticas, o por sus inclinaciones sexuales y sus costumbres; y algo de razón tienen. Pero aquí se desliza fácilmente un error muy grave: pensar que somos moralmente superiores a nuestros antepasados, cuando simplemente juzgamos algunas cosas de manera diferente, y no siempre con más acierto.

Sí, hoy respetamos mucho más a las minorías sexuales, pero en cambio, hemos erigido, particularmente en las últimas cuatro décadas, una industria del aborto que es responsable de millones de muertes de seres humanos en gestación. Nuestros abuelos pensaban que el aborto era un crimen: nosotros lo subvencionamos y propagamos su práctica en todo el mundo.

Esto por sí solo bastaría para poner en cuestión nuestro “orgullo cronológico”, como decía C. S. Lewis para referirse a esa vanidosa idea de que nuestra época es moralmente superior a todas las pasadas. Y no podía ser de otra manera, porque como he apuntado, el propio concepto de progreso moral está viciado de origen. Los principios morales son eternos y universales. No pueden variar ni en el tiempo ni en el espacio, aunque lo contrario se diga de manera tan habitual como negligente, ni por tanto pueden progresar ni retroceder de manera acumulativa. Hay épocas de mayor o menor moralidad, como sucede con los individuos, pero no una evolución de la moralidad.

En todas las edades se ha comprendido, más o menos oscuramente, y sea cual sea la distancia entre esa comprensión y la práctica, que matar y robar es malo, que hay que respetar a los padres, que no es admisible mentir, que la castidad es algo santo. Sin duda, muchos desearían eliminar algunos de los Diez Mandamientos, o añadir otros nuevos. Pero llamar a esto progreso moral es ya un juicio de parte, de quien está previamente de acuerdo con ese discutible reformismo moral.

Para los progresistas, progreso es todo lo que suponga acercarse a su manera de pensar. Y en este sentido, efectivamente habría habido un “progreso”, pues Occidente no ha dejado de hacerse más progresista en los últimos tiempos, a costa del cristianismo. Mediante el dominio de la enseñanza y de los medios de comunicación, y con el uso de todo tipo de técnicas de manipulación emocional, incluyendo la caricaturización y deshumanización del adversario, el progresismo ha conseguido que para una mayoría de ciudadanos europeos, y una buena parte de americanos, la moral cristiana, especialmente en lo que se refiere a la sexualidad, sea considerada una superstición represora y caduca.

Los progresistas incluso han consegido convencer de ello a muchos cristianos nominales, y a una buena parte del clero católico, con Bergoglio a la cabeza, empeñados en “modernizar” la Iglesia para que de facto dejen de ser considerados pecados el adulterio, la práctica homosexual o incluso el aborto. Este sector progre eclesial no retrocede ante las mismas artimañas empleadas por sus compañeros seculares. Presentan a quienes creemos en el catecismo (mientras los progres no lo reescriban) como unos fanáticos que si no lapidamos a los adúlteros y no quemamos en la hoguera a los gais es porque no nos dejan. Es decir, han olvidado el que quizá sea uno de los principios fundamentales del cristianismo, la distinción entre pecado y pecador. Pretenden hacernos creer que sólo se puede amar a un pecador si fingimos que no lo es, si negamos el pecado. Pero ¿qué mérito tiene entonces ese amor?

Lo que los progres consideran progreso moral es en gran medida el olvido y el desprecio de la moral (tendenciosamente llamada “tradicional”, como si hubiera otras), impuestos arteramente –permítanme insistir sobre ello– de arriba a abajo, desde la industria de la comunicación y el entretenimiento, desde la escuela y la universidad, los gobiernos, las instituciones supranacionales e incluso desde una parte del clero, a fin de convertir en normales muchos comportamientos que hasta hace dos días eran anormales, e incluso aberrantes. Y lo que es peor, para prohibir la discrepancia bajo el pretexto de combatir supuestos “delitos de odio”, un engendro jurídico que, de terminar consolidándose, acabará por completo con la libertad de pensamiento.

El ejemplo más claro y más grave de ello es la imposición de la ideología de género en los últimos años. Una superchería sin la más remota base científica, con la que se justifican el aborto, la “producción” de bebés en úteros de alquiler, los tratamientos hormonales de cambio de sexo en niños de diez años y a saber qué en el futuro próximo.

Esto puede acabar rematadamente mal. O bien nos dirigimos a toda velocidad hacia una distopía como la imaginada por Aldous Huxley en su célebre novela (aunque al parecer, no tomada suficientemente en serio) Un mundo feliz; o bien, en algún momento anterior de este proceso infernal, nuestra civilización colapsará y será pasto de la barbarie islamista.

Hay por supuesto una tercera posibilidad: que se produzca una reacción contra la aculturación progresista. No faltan posibles signos de ella, como la figura de Donald Trump, aunque todavía es pronto para interpretarlos con suficiente certeza. Debemos desconfiar, en cualquier caso, de quienes lo meten todo en el mismo saco del “populismo” para desactivar cualquier esperanza de una alternativa al paradigma progresista. Conviene discriminar, distinguir lo que vaya en la buena dirección, más allá de los inevitables errores y contradicciones. Y, claro está, no esperen tal sutileza de la inmensa mayoría de medios de comunicación.

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2 comentarios sobre “¿Progreso moral o aculturación progresista?

  1. Lo que parece claro es que desde hace dos siglos vivimos un debate entre una “cosmovisión progresista” y una “cosmovisión cristiana”, que se disputan lo que en términos gramscianos se llama la “hegemonía social”.
    Pienso que si la ideología progresista va ganando terreno, es porque existe una mayoría social que la considera conveniente para sus intereses. En caso contrario, deberíamos concluir que hay una mayoría social estúpida e infantil, “abducida” por una cosmovisión, la progresista, que la lleva al desastre.

    Modestamente, pienso que en esta era de internet y cultura de masas, es difícilmente sostenible la idea de una mayoría estúpida e infantil, más aún cuando la prevalencia de la ideología progresista no impide que siga existiendo una gran parte de la población que vive según los valores cristianos.

    Ni la ideología cristiana ni la progresista nos va a llevar a ningún desastre. Pienso que lo importante es que podamos elegir libremente que ideología preferimos.

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  2. La mayoría social progresista es evidente, pero esto no le da la razón. También muchísima gente consume pornografía y drogas, y eso no es un argumento a favor de ellas.

    La gente ha comprado el progresismo (asociado a la revolución sexual) porque es algo agradable que te digan que todo vale, que sólo importa tu satisfacción. Pero no se quiere ver el otro lado, la factura del progresismo, que lleva a que se creen menos familias estables, a que se rompan muchas más, porque a la gente le han dicho que “tienes derecho a rehacer tu vida”, y a la mínima se rompen matrimonios. Y también le han dicho que tener hijos o no tenerlos son decisiones igualmente valiosas, que no hay que ver las cosas más allá del estrecho punto de vista individualista. Esto nos lleva a algo mucho peor que a no poder pagar las pensiones en el futuro: nos lleva a la extinción. Así que siento contradecirte: el progresismo sí que nos lleva al desastre, aunque por el camino puede que el progresismo se hunda antes. Ojalá suceda, pero espero que no se beneficien de ello los islamistas.

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