Aquí Andrómeda: Respuesta a Isabel San Sebastián

Tengo el máximo respeto por Isabel San Sebastián, una periodista y escritora que siempre ha demostrado su lucidez y valentía frente a los terroristas de ETA. Sin embargo, al mismo tiempo no puedo disimular mis diferencias ideológicas con ella. No es que haya alguna relevancia en lo que pueda opinar un bloguero prácticamente desconocido como quien escribe, claro está, pero tal vez resulte clarificador para alguien más. El breve autorretrato ideológico que nos ha brindado Isabel en ABC supone una ocasión inmejorable para este contraste de posiciones.

San Sebastián se declara “huérfana política”, “apátrida ideológica” y “marciana en este mundo polarizado entre extremos enfrentados igual de repugnantes”. Establece por tanto una equiparación moral entre “el pensamiento políticamente correcto encarnado por Obama” y “el ultranacionalista Trump”. Es una postura por la que numerosas personas de ideas liberal-conservadoras, abrumadas por el bombardeo mediático diario contra Trump, se sentirán tentadas. Pero yo, que me considero también liberal-conservador, no comparto esta posición. No soy ningún forofo de Trump (ni de ningún político en activo), pero creo sinceramente que los medios de comunicación, en su papel de columna del establishment socialdemócrata, han creado un clima de histeria antiTrump al cual no me da la gana de sumarme.

Empieza significativamente Isabel por proclamarse feminista. Sin duda hay en ello una réplica al supuesto machismo del presidente americano, basado en conversaciones privadas filtradas a la prensa -aparte de en cierta forma desconsiderada de dirigirse en público a alguna mujer, pese a que no se le pueda acusar de haber sido más cortés con muchos hombres. Dejando de lado el lenguaje utilizado (que tire la primera piedra quien entre amigos se exprese igual que si estuviera tomando el té en el palacio de Buckingham), lo único que hizo Trump fue decir que los ricos famosos ligan más, lo cual no sé si será machista, pero no parece rebatible.

Pero vayamos a lo mollar. Isabel define el feminismo como la concepción según la cual las mujeres merecen “las mismas oportunidades, los mismos derechos e igual trato que los hombres, cosa que dista mucho de ser una realidad.” Pues bien, yo discrepo de once palabras entre estas veinte. No creo que las mujeres merezcan siempre el mismo trato que los hombres: soy de esos anticuados que piensan que los hombres debemos cederles el asiento y el paso, entre otras cortesías. Nunca me he visto en un naufragio, pero me parecería deplorable que se perdiera la fórmula de “las mujeres y los niños primero”.

Sobre todo, no creo en absoluto esa fábula victimista de que las mujeres no tengan hoy (en el mundo civilizado cristiano) las mismas oportunidades y los mismos derechos que los hombres. Lo único que demuestran todas las estadísticas que aparentemente apoyan esa cantinela (la famosa “brecha salarial”, el “techo de cristal”, etc.) es que las mujeres y los hombres son distintos, pero no que ello sea en sí mismo una injusticia. Esto último es una interpretación a posteriori, y en mi opinión equivocada.

Las mujeres y los hombres no tenemos los mismo derechos porque seamos empíricamente iguales (a todas luces no lo somos) sino a pesar de ello. Lo somos porque somos hijos de Dios, ese Dios en el que –de nuevo significativamente– San Sebastián admite no creer. Todo mi respeto ante su agnosticismo, que comprendo por haberlo experimentado durante muchos años de mi vida. Pero no nos extrañemos de que quien no reconoce en el hombre su esencia trascendente sea incapaz de fundar la igualdad moral de todo el género humano en otra cosa que en la absurda negación de la realidad, como lleva a cabo la ideología de género lleva hasta el delirio.

Dice Isabel que está en contra del aborto y de la pena de muerte precisamente por ser “mujer, madre y feminista”. Sinceramente, no veo la relación entre el feminismo victimista tal como ella misma lo define y la defensa del derecho a la vida. Más bien, cada día se observa lo contrario. Tampoco creo que sea lo mismo el aborto que la pena de muerte. Yo también estoy contra ambos, pero por razones distintas, y de dispar gravedad. Mi oposición al aborto se ha ido tornando con el tiempo cada vez más absoluta. Lo que nos separa de la barbarie es la defensa de aquellos que por naturaleza son los más indefensos, los niños y en especial los que se están gestando aún en el seno materno.

Esto no vale para la pena de muerte, donde el condenado ha actuado libremente en contra de leyes cuya violación bien sabía a dónde le podían conducir. Nadie le obligó a cometer un asesinato, único crimen por el que podría ver justificable la pena capital. Sin embargo, puesto que se debe preferir el mal menor al mayor, y nadie me ha demostrado por el momento que la pena de muerte sea más efectiva contra el crimen que la cadena perpetua, soy partidario de sustituir la primera por la segunda.

Prosigue San Sebastián su retahila de argumentos contra Trump asegurando que quiere profundamente a España, pero no la considera el mejor país del mundo ni desde luego el peor. “Solo el mío”, sentencia, en clara alusión al “America first” del presidente de los Estados Unidos. Y que está a favor de la Unión Europea, de la libre circulación y por tanto en contra de las barreras proteccionistas, que “acaban causando conflictos, al igual que el nacionalismo y los totalitarismos de uno u otro color”.

En cambio, yo veo muy natural que un presidente elegido por americanos diga “América primero”. Raro sería que dijera que va a servir los intereses de la humanidad antes que los de los compatriotas que lo han votado. Lo que no significa que los unos tengan que ser incompatibles con los otros. Ante el proteccionismo, creo que a muchos se les llena la boca enseguida de “totalitarismo”, “ultranacionalismo” y otras expresiones tremendistas. Las barreras comerciales, para empezar, existen en todo el mundo, y hasta que ganó Trump las elecciones, yo no había detectado tanta preocupación por ello en la opinión pública ni en la publicada.

En segundo lugar, Trump lleva pocos días en la Casa Blanca, y todavía no sabemos qué va a hacer exactamente. En cualquier caso, no va a cerrar su país a las importaciones y las inversiones, lo que sería ya no indeseable, sino imposible. Renegociar bilateralmente los tratados de comercio con cada país no es estar contra el libre comercio; por el contrario, puede ser una manera de salvaguardarlo.

Nada beneficia más a los demagogos antiliberales que cerrar los ojos ante los perjuicios que la globalización puede causar en las clases medias y los trabajadores de los países ricos. La solución a largo plazo no pasa ciertamente por aplicar aranceles a productos de países emergentes. Pero la política económica de Trump hay que considerarla en bloque; no se puede entender sin tener en cuenta la notable reducción de impuestos y la desregulación que propone. El crecimiento que favorecerían estas medidas puede que simplemente convierta los aranceles en superfluos, y beneficiaría a la larga no sólo a los Estados Unidos, sino a todo el mundo.

Se proclama Isabel liberal, partidaria del individuo “por encima de la masa, llámese esta clase social, etnia, religión, partido, nacionalidad o cualquier otra forma de agrupamiento reduccionista”. Esto suena muy bien, pero fácilmente se puede deslizar a posiciones en exceso simplistas. El individuo no es apenas concebible fuera de marcos como la familia, la nación, la cultura y la religión. Es más, los intentos extremos de desvincularlo de estas comunidades no lo hacen más libre, sino menos. Lo convierten en un ser mucho más dependiente del Estado, y mucho más esclavo de sus pasiones egoístas, ambas cosas estrechamente relacionadas.

No es que sea Isabel una ultraliberal, precisamente. Enseguida nos aclara que está a favor del Estado del bienestar, porque no le parece bien que haya “ganadores” ni “perdedores”. Curiosamente, esta precisión revela una cierta idea equivocada del liberalismo en quien acaba de proclamarse liberal. Porque el liberalismo clásico, desde Adam Smith, se basa en la teoría de que los intercambios económicos no son un juego de suma cero, en el que unos ganan y otros pierden, sino en el que todas las partes se benefician. Si por Estado del bienestar entendemos que determinados servicios deben ser asumidos inevitablemente por el Estado, un liberal no puede estar de acuerdo con ello, salvo que llamemos liberal laxamente a cualquiera que no esté demasiado a favor de Corea del Norte.

San Sebastián manifiesta también su rechazo de los extremos en cuestiones migratorias, tanto del “papeles para todos” como de negar acogida a los refugiados que huyen de la guerra. Los términos abstractos son irreprochables, pero aquí importa cómo los traducimos a la práctica. Hay que mojarse más. ¿Estamos de acuerdo con la política de la canciller Merkel, de permitir entrar de golpe a cerca de dos millones de inmigrantes en su país? ¿Estamos de acuerdo con que poblaciones y barriadas enteras de Europa se estén islamizando sin que nadie haga nada por evitarlo? ¿Es suficiente con revestirse de intachabilidad moral, enunciando trivialidades como que no hay que criminalizar a todos los musulmanes?

Isabel San Sebastián no entra en tales menudencias. Ella es partidaria de “la sensatez, la dignidad, el pluralismo y la libertad”, lo cual no deja de ser tranquilizador. A mí me dice alguien que es una persona sensata y pluralista, y me pongo en sus manos sin pensarlo. Termina la periodista reafirmándose en su condición de marciana, lo que me lleva a concluir que si por sus opiniones se considera de otro planeta, las mías sin duda son de otra galaxia.

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