¿Es el nacionalismo intrínsecamente perverso?

Existe un viejo debate sobre la naturaleza de esas entidades que llamamos naciones, incluso si existen objetivamente, y sobre si el nacionalismo es algo intrínsecamente perverso, que no puede confundirse con el sano patriotismo, o bien debemos distinguir entre nacionalismos razonables (constructivos) y nacionalismos irracionales o espurios (destructivos).

Este debate vuelve a estar de plena actualidad en España debido a la actitud de rebeldía del gobierno autonómico de Cataluña, y también por la pujanza de la derecha identitaria en varios países europeos, provocada en buena medida por la inmigración masiva procedente de países musulmanes, así como por el triunfo en las elecciones de los Estados Unidos de Donald Trump, con un programa de fuerte contenido nacionalista.

Sin más preámbulos, paso a exponer mis opiniones al respecto en forma de cuatro tesis.

1) Debemos partir de la base de que las naciones existen y no se fundan exclusivamente en meros sentimientos identitarios. Me parece muy acertada la definición de nación que ofrece Pío Moa:

“Nación es una comunidad cultural aceptablemente homogénea (lengua, tradiciones, costumbres, derecho, religión, etc., generadores de sentimientos de unidad e identificación entre sus individuos), discernible de las vecinas, y dotada de un estado.”[1]

Obsérvese que uno de los elementos definitorios de nación, para Moa, es tener Estado propio. Así pues, el concepto de nación sin Estado sería un contrasentido. Según este autor, las naciones surgen por un proceso histórico espontáneo, no como consecuencia de la ideología nacionalista, ni de la existencia de ningún derecho de autodeterminación.

Otro rasgo de esta completa definición es que, si bien Moa reconoce la importancia del ingrediente sentimental, considera que este tiene una base objetiva, pues se origina en una realidad cultural previa. Es decir, no basta con que una comunidad se sienta nación para serlo; en todo caso, ese sentimiento será el efecto, no la causa de la existencia objetiva de la nación. El sentimiento por sí solo puede estar basado en ideas fantasiosas, como que la supuesta nación a la que pertenezco está oprimida por otra que le impide constituirse en Estado.

Es normal que los nacionalistas separatistas apelen a la importancia del sentimiento, pues sin ello no pueden justificar que su nación no sea una ficción. Sin embargo, al utilizar sistemáticamente la mentira para conseguir sus objetivos (Madrid ens roba, etc.) están rindiendo tributo a la concepción de que una nación es algo más que unos sentimientos. Tienen que inventarse una historia mítica y falsear los hechos para demostrar que efectivamente Cataluña existe como nación desde hace siglos, y no sólo porque un determinado porcentaje de catalanes haya desarrollado un sentimiento caprichoso de identidad nacional.

Más sorprendente resulta que algunos nieguen la existencia de las naciones porque consideran que el nacionalismo es en sí potencialmente peligroso. Estos tenderán a negar no sólo que exista la nación catalana o la vasca, sino también la nación española, al menos como algo más que un sentimiento identitario. Esta posición recuerda a los que, en su empeño de combatir el racismo, niegan que existan siquiera las razas humanas. Pero afirmar que existen diferencias raciales no significa sostener que alguna raza deba dominar a otras. Del mismo modo, reconocer que existan naciones no implica, de entrada, alinearse con el bellaco lema my country, right or wrong.

Esta forma de razonar negando la existencia de algo que nos incomoda está mucho más extendida de lo que pudiera pensarse. Hay quien niega la existencia de Dios, entre otras razones, porque algunos fanáticos matan en su nombre. Otros niegan las diferencias entre los sexos, reduciéndolas a una construcción cultural que denominan “género”, porque ven en ellas la justificación de comportamientos sexistas, o supuestamente tales. Y hay quienes niegan que la pobreza tenga causas objetivas (como la productividad económica, las limitaciones técnicas, etc.) y sostienen que se trata exclusivamente de un problema de “voluntad política”, que se solucionaría en poco tiempo si los gobernantes y poderosos lo quisieran de verdad.

Pues bien, creo que estas negaciones son un error fundamental. No porque creas que la pobreza es algo “artificial”, con culpables siempre claramente identificables (aunque los haya en casos concretos, por ejemplo en regímenes socialistas, donde las autoridades tienen una innegable responsabilidad en las privaciones económicas de la población), deploras más la pobreza que nadie. No porque no creas en Dios detestas más el yihadismo que un cristiano o un judío. No porque sostengas que hay diferencias genéticas psicológicas entre hombre y mujer eres un machista. Y no porque admitas la existencia objetiva de las razas y las naciones eres necesariamente un racista o un nacionalista furibundo.

2) Si las naciones existen objetivamente, el nacionalismo debe definirse por algo más que la aceptación de este enunciado meramente fáctico. Lo que caracteriza el nacionalismo es la idea de que toda nación debe tener un Estado propio. Esto implica en algunos casos sostener que puede haber naciones que no tienen (todavía) un Estado, en contra de la definición de Moa. Pero lo fundamental de esta concepción es su carácter normativo: las naciones deben mantenerse independientes y territorialmente íntegras.

No se nos puede escapar que el nacionalismo, así entendido, es una fuente de potenciales conflictos territoriales y civiles. Pero de ahí a sugerir que el nacionalismo es una ideología criminógena hay un paso tan fácil de dar como abusivo. Hay un cierto antinacionalismo que recuerda a las obsesiones antidiscriminatorias de la corrección política, que en cualquier leve muestra de supuesta discriminación racial o sexual ve ya un tierno rebrote del nazismo.

El nacionalsocialismo, cuya sombra está siempre torvamente presente en los debates políticos contemporáneos, no fue una ideología meramente reaccionaria ni nacionalista, por mucho que esta grosera simplificación le haya proporcionado  a la izquierda (y lo siga haciendo) sustanciosos réditos. El nacionalsocialismo fue una ideología de carácter marcadamente progresista y revolucionario, que propugnaba alumbrar un “hombre nuevo” basándose en principios cientifistas y colectivistas, rompiendo con los “prejuicios” liberales y judeocristianos, para lo cual propugnaba consecuentemente la eugenesia, la eutanasia y el genocidio sistemáticos.

La única diferencia importante entre el nazismo y la corriente principal del progresismo, tal como se entiende desde el siglo XIX, es que los nazis no creían en la igualdad, ni entre razas ni entre sexos. De ahí que pudieran parecer en algún aspecto retrógrados, como cuando su propaganda ensalzaba la función procreadora de la mujer. Pero en esto no tenían nada de ingenuos tradicionalistas, sino que eran decididamente pragmáticos; su concepción de la familia estaba por entero supeditada a los supremos intereses del Estado y de la raza.

Si Hitler hubiera sido un mero nacionalista a la antigua, se habría limitado a reclamar los Sudetes, Alsacia y Lorena, la anexión de Austria y poco más. No hubiera invadido media Europa, ni Rusia (¿qué interés tendría un nacionalista en conquistar territorios ajenos a su suelo patrio?), y tampoco habría exterminado a millones de seres humanos por no ser arios, concepto híbrido entre esoterismo y cientifismo que sobrepasa el marco de cualquier identidad nacional. Al nacionalismo se le puede acusar de haber desencadenado guerras territoriales, lo que no es poco mal, pero sugerir que también es responsable de los genocidios y atrocidades totalitarios no sólo sería injusto, sino que no nos ayudaría a entender cabalmente sus causas.

3) El patriotismo es una virtud, y el nacionalismo una ideología. Por tanto, pertenecen a categorías distintas, pero no sólo no son incompatibles, sino que siempre van juntos. Un nacionalista será necesariamente un patriota, porque amará a la tierra que él considera su nación. Y un patriota difícilmente podrá dejar de ser nacionalista, porque deseará que su nación sea independiente y esté unida. Pero al decir esto no estamos proclamando que el nacionalismo sea necesariamente algo bueno o malo. También la inteligencia es una virtud, y no siempre se aplica a buenas causas.

El nacionalismo y el patriotismo son censurables cuando, para conseguir sus fines, justifican cualquier medio. Por ejemplo, cuando recurren a la mentira inventando falsas historias nacionales o manipulando datos que permitan sostener la idea de un expolio fiscal. O cuando pisotean derechos lingüísticos de los habitantes de un territorio.

Pero el nacionalismo es claramente un bien cuando contribuye a que un Estado-nación permanezca fuerte y unido frente a agresiones externas o internas. Sin un sentimiento patriótico (que como hemos dicho está asociado al nacionalismo) ampliamente extendido entre la población, ninguna nación puede defenderse de una invasión, pero tampoco puede oponerse eficazmente a un gobierno que tratase tiránicamente de contrariar las costumbres y creencias del pueblo.

4) Los nacionalismos europeos no son incompatibles con cierta forma de unidad de Europa; al contrario, sólo podrá existir una Europa políticamente unida sobre la base de los Estados-nación. Porque Europa, a diferencia de los Estados Unidos de América, no es una nación. En mi opinión, Europa debería aspirar a una defensa común que no aboliera los ejércitos nacionales, así como a un mercado común que no tendría necesariamente que basarse en una política fiscal ni siquiera monetaria únicas; al menos no de manera forzada, como se ha hecho con países que no estaban preparados para la integración. En una Europa así concebida, basada en su realidad histórica y cultural, unos nacionalismos razonables (es decir, integrados en la cosmovisión clásica y judeocristiana, en la cual surgieron) no sólo no serían una amenaza, sino un elemento esencial, que neutralizaría la tentación de establecer una dictadura progresista con capital en Bruselas. Lo cual me lleva a la conclusión de este escrito.

El progresismo mundialista es un enemigo de los Estados-nación establecidos, porque chocan con su multiculturalismo relativista. El presidente húngaro Viktor Orban ha señalado lúcidamente que existe un empeño de la élite progresista internacional (políticos, intelectuales, medios) por destruir las identidades nacionales, así como la cristiana y la sexual. Quien crea que se puede defender el cristianismo y la familia mostrándose indiferente ante la suerte de los Estados-nación, está ya regalándoles a sus enemigos una ventaja decisiva.

No en vano los separatistas que pretenden destruir Estados-nación como España tienden a buscar alianzas progresistas e incluso se plantean concesiones a las comunidades islámicas para recabar su apoyo. Por eso, en la resistencia contra el progresismo mundialista y la inmigración musulmana que amenaza nuestras libertades, nuestra seguridad y nuestras costumbres, no habrá más remedio que contar con los viejos nacionalismos europeos. Y como toda elección humana, ello entrañará sus riesgos.

[1] Pío Moa, España contra España, Libros Libres, Madrid, 2012, p. 31.

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2 comentarios sobre “¿Es el nacionalismo intrínsecamente perverso?

  1. Pienso que las naciones son realidades subjetivas, cuya existencia depende de una ideología nacionalista previa, y no de la existencia de un estado previo. Si no, no podría explicarse el proceso de unificación italiana o alemana del s.XIX, ni tampoco la desmembración de Yugoslavia a fines del siglo pasado en varios estados (Serbia, Croacia, Eslovenia, Montenegro…), ni tampoco la desmembración de la URSS, o la partición de Checoslovaquia, etc.

    Por su parte, España surgió de la unificación de dos reinos previos, Castilla y Aragón, que eran estados que al unirse, dieron lugar a un nuevo estado, pero también a una nueva nación, España; lo que no impide que Castilla y Aragón fueran también “naciones”, antes de su unión. (Además, Granada fue incorporada a la Corona de Castilla antes de su unión con Aragón, y Navarra después, por lo que, también Granada y Navarra fueron “estados” y por tanto “naciones” antes que España).
    De hecho, nacionalistas vascos y catalanes afirman que sus respectivas “naciones” fueron “estados” (los reinos de Navarra y Aragón, respectivamente) antes que España (no hay más que mirar el escudo de España para ver que ello no es una invención). Sin embargo, curiosamente, no hay “nacionalistas granadinos” pese a la existencia de un estado granadino, el Reino de Granada (que no es identificable con Andalucía), previo al estado español.

    Por si fuera poco, Portugal fue una escisión del primer reino cristiano de la Península Ibérica, el reino de León, que es previo a Castilla, etc.

    Es decir, que en la historia, hay muchos ejemplos de naciones que no eran estados pero que lograron serlo gracias a movimientos políticos de ideología nacionalista; y también hay ejemplos de estados que, al unirse dieron lugar a naciones distintas de las que las componían.

    Todo ello implica que no hay naciones (ni mucho menos, estados) objetivas y eternas; si no que, por el contrario, como todas las creaciones humanas, las naciones son entidades subjetivas y contingentes, que nacen y mueren a lo largo de la historia.

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