La familia y lo que está en juego

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Acaba de publicarse en la editorial Sekotia el libro La batalla por la familia en Europa. La Manif Pour Tous y otros movimientos de resistencia, por Francisco José Contreras, editor, traductor y autor de dos de los artículos que componen esta obra.

Más que reseñar propiamente el libro, que recomiendo sin reservas por su raro equilibrio entre información de la más estricta actualidad y reflexión en profundidad, quisiera hacer dos apuntes. Primero, uno sobre el silencio absoluto (repito: absoluto) que los medios generalistas españoles, incluyendo la radio y televisión de la Conferencia Episcopal, han dedicado al inaudito movimiento de nuestro país vecino, La Manif Pour Tous (LMPT), la mayor movilización de nuestro tiempo en Europa a favor de la familia y contra la ideología de género-LGTB.

La servil connivencia de la gran mayoría de los periodistas, hasta los de línea supuestamente conservadora y católica, con el establishment políticamente correcto (ideología de género, socialdemocracia, cambio climático) hace mucho tiempo que ha adquirido proporciones más que notables. El fenómeno se intensificó durante el gobierno de Obama, quien a través de la secretaria de Estado Hillary Clinton instrumentalizó a la ONU para ponerla al servicio de la ideología de género. (Véase el último capítulo del libro, debido a Rubén Navarro.) No debe extrañarnos que cada vez más gente esté verdaderamente asqueada, y se decante hacia cualquier opción política que no sea mediáticamente respetable.

Por cierto que aquí se entrevé una diferencia decisiva entre unos populismos y otros, pese a que sesudos expertos se esfuercen en meterlos en el mismo caso. Unos tienen a prácticamente todo el gremio periodístico en contra (verbigracia, Trump), mientras que otros disponen de cadenas de televisión enteras a su servicio, donde parece que hasta duermen, como entre nosotros

Iglesias y Errejón

Populismos de Importación.

Razón: La Sexta

El segundo apunte va por el autor-editor del libro, Francisco José Contreras, el más conspicuo pensador liberal-conservador español de la actualidad. No digo esto a humo de pajas. Basta considerar algunos libros que ha escrito solo o en colaboración en los últimos cinco años: Nueva izquierda y cristianismo (Encuentro, 2011), con D. Poole. Liberalismo, catolicismo y ley natural (Encuentro, 2013), probablemente su obra más importante hasta el momento. ¿Democracia sin religión? El derecho de los cristianos a influir en la sociedad, varios autores, (Stella Maris, 2014). Y El sentido de la libertad. Historia y vigencia de la idea de ley natural (Stella Maris, 2014), también por varios autores, aunque cerca de la mitad del libro se debe a Contreras.

Que yo sepa, no hay actualmente en España ningún intelectual de nivel parejamente contrastado (catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla, numerosas publicaciones y artículos en España y el extranjero, premios y distinciones, etc.) que sostenga de manera tan pormenorizada y razonada la compatibilidad entre el liberalismo clásico de Adam Smith y Friedrich Hayek, por un lado, y el conservadurismo de raíz cristiana por otro.

Contreras es un defensor a ultranza de la razón natural como punto de encuentro entre creyentes y no creyentes. Lo cual entraña una gran verdad pero también, a la vez, una zona borrosa, por más que –me consta– el autor lo sepa perfectamente, como el torero es consciente del peligro de su arte, sin que ello le impida en ocasiones arriesgar en exceso.

Gran verdad, porque evidentemente el catolicismo ha sido siempre el defensor de la razón (lo que implica admitir sus límites), al contrario de la caricatura diametralmente opuesta que se ha cultivado desde el siglo XVIII. La razón, con ayuda de la fe, nos conduce a Dios y de ahí a sostener la dignidad humana desde la concepción a la muerte natural, así como la esencial dualidad sexual, en la que igualdad y complementariedad (como se postula ya desde los primeros capítulos del Génesis, con las dos versiones de la creación del hombre) están inextricablemente vinculadas.

Y zona borrosa, también. Porque cuando se insiste en las razones que tenemos para defender la vida del no nacido y la familia natural tendemos a poner entre paréntesis (con ánimo conciliador, o para no ser tachados de fundamentalistas) las razones para creer en un Dios creador del universo. Y al hacer esto invocamos en vano el término razón. Caemos en una especie de retórica banalmente racionalista cuando pensamos que no importa demasiado (a efectos prácticos) si la razón es una creación del hombre, o si el hombre es una creación de la Razón, del Logos.

Sí, ya sabemos que hay agnósticos bienintencionados que creen que se puede argumentar contra el aborto exclusivamente desde la ciencia. Evidentemente, la ciencia es una aliada inestimable, porque nos indica el momento exacto en que aparece un ser genéticamente individualizado. Esto por ejemplo no lo sabía Tomás de Aquino en el siglo XIII, y de ahí que carezcan por completo de seriedad los intentos de algunos, como Giovanni Sartori, por arrojarle a los católicos algunos pasajes del Aquinate, tiempo ha superados, para defender el aborto en las primeras semanas de gestación.

Sin embargo, debemos ser especialmente rigurosos al respecto, porque la cuestión es demasiado grave para conformarnos con argumentos a bulto. Si la ciencia nos indica cuándo empieza a existir un ser humano, para nada nos señala cómo debemos conducirnos éticamente con ningún ser humano, nacido o por nacer. La ciencia nos revela que E = mC2, pero basándonos en esta ecuación nos permite construir tanto centrales nucleares como bombas atómicas.

La ciencia es gélidamente neutral; los seres humanos no podemos ni debemos serlo, en este sentido radical. Y ello es así porque no consistimos en meras estructuras moleculares, lo único que pueden analizar las ciencias empíricas, en sus distintos niveles físicos, bioquímicos y fisiológicos. Es decir, hay una verdad (una Razón) que está más allá de lo que reconocen agnósticos y ateos, y sin la cual todo humanismo queda flotando en el aire, digan lo que digan una y otra vez los militantes del laicismo, producidos en serie por nuestras facultades de periodismo, derecho, filosofía y psicología.

Si el espíritu procede de la materia, ya no es espíritu. Será sólo una forma tradicional y superada de referirnos a ciertos procesos en esencia materiales, es decir, carentes de finalidad. Y si todo es en definitiva materia, si no existe un Ser trascendente, entonceslibcon todo está permitido. Por una vez al menos, no por mucho que esas palabras de Dostoyevski se hayan repetido dejan de ser ciertas. Precisemos que todo es todo, desde saltarse los más elementales principios del Estado de Derecho en nombre de una “justicia revolucionaria” (o devolverle el poder a “la gente”), hasta los arrogantes delirios del transhumanismo, que pretende reconstruir desde cero la naturaleza humana mediante la bioingeniería y otras disciplinas.

No debemos dejarnos engañar por el aparente liberalismo de los defensores del aborto y el “matrimonio gay”.  Como muy bien señala uno de los autores del libro citado al inicio, Christian Vanneste:

La justificación de la política antifamiliar se sitúa en la afirmación de la libertad individual. Se asume ciegamente que la libertad consiste en aceptar las consecuencias mecánicas de la evolución técnica y económica. Este liberalismo incoherente no es más que marxismo inconsciente de sí mismo. Cuanto más aislado está el individuo, más a merced queda de fuerzas que le superan, así como del Estado-Providencia, como anticipó acertadamente Tocqueville.” (p. 34.)

En cambio, si el espíritu, esto es, la Inteligencia y el Amor están en el origen, como la realidad primordial de la que procede todo lo demás, la cosa cambia por completo. Entonces no todo nos está permitido: existen límites que no debemos traspasar, pero al mismo tiempo, y por ello mismo, somos auténticamente libres, porque no partimos de una nada estéril para volver, como Sísifo, al mismo lugar de partida, sino que podemos aspirar a algo infinitamente superior a las torpes desinhibiciones que nos prometen apócrifos redentores sociales y científicos: al reencuentro de la creatura con el propio Creador.

Naturalmente, podemos no creer en Él. Pero lo que no es serio, y sobre todo no es justo ni caritativo, es pretender que los discursos emancipatorios del humanismo laico (la utopía socialista, LGTB, transhumanista o del tipo que sea) son algo más que viles sucedáneos del cristianismo; pretender que no son, en definitiva, la más afrentosa y cínica de las estafas, servida a diario por la élite político-mediática como si se tratara del más exquisito de los manjares.

Movimientos como La Manif Pour Tous se atreven a denunciar el tocomocho de unos billetes de curso legal bajo los cuales sólo hay papeles recortados. Que los “otros modelos de familia” no son más que sucedáneos (unas veces comprensibles o inevitables; otras una feroz burla) de la familia natural formada por la madre, el padre y los hijos de ambos. Que valorarlos por igual no es ser más tolerantes, sino menos respetuosos con el bien de los niños y sobre todo con la naturaleza humana, como muy bien puntualiza una de las autoras, Jeanne Smits, cuando argumenta que no podemos conformarnos con oponernos a la adopción, cediendo en el absurdo antropológico del “matrimonio gay”.  Con esta táctica, estamos abocados a no poder justificar nuestra posición. Dice Smits:

Si todo el mundo tiene derecho a hacer lo que quiera, ¿por qué no también los gays? (…) Si los niños ya eran desgarrados por la separación de sus padres, ¿por qué no reconocer que ‘dos papás’ o ‘dos mamás’ pueden ofrecer a los suyos un entorno más estable y protector si se mantienen firmemente unidos?

Este discurso –prosigue la autora– es sumamente difícil de refutar si ya hemos cedido en todo lo demás. Lo es más porque, con el propósito de no herir o chocar, nos prohibimos todo argumento moral sobre la actividad homosexual y sobre la ley natural que define lo que es bueno para el hombre y pone en guardia contra aquello que lo destruye. Y, sin embargo, el nudo de la cuestión está precisamente ahí: se trata de buscar, no sólo el bien del niño, sino también lo que es conforme con la naturaleza humana según su realidad física, psicológica e incluso espiritual.” (pp. 29-30.)

En ello incide más explícitamente Francisco José Contreras, al exponer las posiciones de quienes quieren superar toda limitación biofísica, desde el uso de técnicas de reproducción artifical hasta los sueños nihilistas del transhumanismo o posthumanismo. Señala el autor que

los veilleurs [jóvenes que organizan sentadas nocturnas a la luz de las velas para defender simbólicamente los valores familiares amenazados] han captado lúcidamente, pues, lo que está en juego. Se trata nada menos que de defender la humanidad misma, en peligro de ser absorbida de aquí a unas décadas por la inteligencia artificial o el cyborg inmortal; la condición humana –que incluye reproducción biológica, envejecimiento, dualidad sexual, morbilidad y mortalidad– podría ser ‘superada’ por una condición superhumana, un ‘mundo feliz’ (portentosa la capacidad de anticipación de Aldous Huxley) sin familia, dolor ni muerte. La prometida perfección robótico-übermenschlich implicaría la aniquilación del mundo que conocemos.” (p. 81.)

¿Exagera el profesor Contreras? No lo creo en absoluto. Sin ningún género de duda, el Brave New World de Huxley es la fantasía secreta, más o menos inconfesada, de todo progresismo genuino. Lo ha desvelado muy bien el autodefinido “reaccionario” Michel Houellebecq, por boca de un personaje de su sombría y visionaria novela Las partículas elementales:

Sé muy bien (…) que el universo de Huxley se suele describir como una pesadilla totalitaria, que se intenta hacer pasar ese libro por una denuncia virulenta; pura y simple hipocresía. En todos los aspectos, control genético, libertad sexual, lucha contra el envejecimiento, cultura del ocio, Brave New World es para nosotros un paraíso, es exactamente el mundo que estamos intentando alcanzar, hasta ahora sin éxito.” (Ed. Anagrama, 2015, p. 158.)

Todos los que seguimos con interés y esperanza LMPT y otros movimientos de resistencia deseamos que la profecía de Huxley siga sin tener éxito. Algunos además (concretamente, los cristianos) creemos que no lo tendrá a la larga, sino que la verdad prevalecerá. Lo que no tenemos ni mucho menos claro es si, entretanto, lo hará nuestra civilización.

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