El cristianismo simpático

Vivimos en una sociedad poscristiana, nos guste o no. Y puesto que la realidad tiene horror al vacío, el espacio mental dejado por el cristianismo ha sido ocupado por la religión progresista. Una doctrina que carece de Iglesia o siquiera de un libro oficial de referencia, lo cual es una de las causas de su fuerza: es muy difícil resistirse a algo difuso, que está infiltrado en todas partes, incluida la Iglesia católica.

Artículo en Actuall.

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Un comentario sobre “El cristianismo simpático

  1. Yo creo que no puede existir una moral objetiva, porque las leyes morales, al contrario que las de la Naturaleza, no se imponen por sí mismas, “objetivamente”, sino que siempre son realizadas por un sujeto que las cumple, bien por miedo a un castigo, o bien por convicción.

    Por ello, las leyes morales son siempre, por su naturaleza, subjetivas; y para imponerlas, siempre es necesaria una autoridad que castigue al que no las cumpla.

    Sólo serían objetivas, si todo el mundo estuviera convencido de que debe cumplirlas, del mismo modo, que, por ejemplo, todo el mundo está convencido de que no debe tomar un veneno, o tirarse por un quinto piso, etc.

    Pero no todo el mundo tiene las mismas convicciones morales. Hay gente que piensa que la homosexualidad es legítima, y otras que piensa que es una aberración (y lo mismo para el aborto, el divorcio, los impuestos, las guerras, etc.). Y la experiencia prueba que es imposible uniformar las convicciones íntimas de todo el mundo mediante la persuasión, porque en toda sociedad hay intereses y convicciones contrapuestas. Una sociedad en la que todo el mundo esté de acuerdo en los mismos valores morales es una bella utopía de la que estamos muy lejos, y que quizás nunca llegue a cumplirse.

    Sólo se pueden uniformar los comportamientos morales mediante una institución que castigue a quien no cumpla la ley. Pero obviamente, no puede calificarse de “moral objetiva” a una moral impuesta por una autoridad que castigue a quien no la cumpla.
    Por ello, toda moral, es en última instancia, “autoritaria” (por desgracia).

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