La única salvación

Hasta ayer, 26 de julio de 2016, en que los yihadistas tomaron rehenes en una iglesia de Normandía, degollaron al sacerdote e hirieron gravemente a una monja, los cristianos europeos no habíamos sido un blanco preferente, en contraste con el genocidio que están perpetrando en Oriente Medio. Los islamistas en Europa preferían, al parecer, atacar medios de comunicación decididamente blasfemos como el Charlie Hebdo, o a multitudes en salas de conciertos, aeropuertos, festejos pirotécnicos y centros comerciales.

Antes de que se produjera el asalto a la iglesia normanda, personalmente trataba de encontrar explicación a este hecho, y me inclinaba por dos hipótesis no incompatibles entre sí. La primera, que los islamistas aborrecen sobre todo la cara hedonista e irreligiosa de la cultura occidental, razón por la cual preferían matar en lugares de ocio, representativos de algún modo de nuestro materialista modo de vida, o lo que ellos consideran como tal.

La segunda motivación, más calculadora, se basaría en dos tesis complementarias: una, que la mayor debilidad de Occidente se halla precisamente en su materialismo, en su pérdida de los valores trascendentes. La otra, que atacando las debilidades de los europeos, se conseguiría el efecto paradójicamente perverso de exacerbarlas. Podríamos llamarlo el “efecto Je suis Charlie Hebdo“, que llevó a tantos a solidarizarse con una revistilla de contenidos francamente venenosos. Por el contrario, un ataque frontal a símbolos cristianos podría tener, análogamente, el resultado contraproducente (para los intereses de nuestros enemigos) de reavivar la simpatía hacia nuestras raíces religiosas, que en siglos pasados nos hacían más fuertes, más sanos, frente al islam.

Ahora, esas hipótesis parecen haber quedado refutadas por el último atentado en la iglesia  de Saint-Etienne-du-Rouvray, salvo que se trate de una desviación accidental de la estrategia del Dáesh. Pero tampoco es descartable que se haya producido una modificación de dicha estrategia, si es que existía. No descartaría que quienes la diseñaran desde sus guaridas en Irak hubieran llegado a la conclusión de que los europeos somos ya incapaces de reaccionar ante nada, de que tragamos con todo; de que nuestra mayor preocupación es que no se produzcan reacciones xenófobas o ultraderechistas, como si el hecho de que nos estén matando no fuera por sí solo lo suficientemente grave. En este caso, ¿para qué se iban a privar de su deporte favorito, que es asesinar a cristianos?

Las élites temen a lo que ellas llaman la ultraderecha (metiendo en el mismo saco a movimientos políticos de diferentes países, con orígenes e idearios diferentes) porque el día que incluso los mansos europeos nos hastiemos de contemplar niqabs invadiendo crecientemente nuestros espacios públicos, esos movimientos barrerán a la correctocracia de Merkel, Hollande o Rajoy. Pero lo realmente importante que se decidirá en los próximos años no es quién se sentará en el Elíseo o en la Cancillería federal, sino la supervivencia de Europa. Entiéndaseme, no de la Unión Europea, sino de la civilización europea, algo infinitamente más importante.

Nuestra supervivencia dependerá de que se adopten o no tres o cuatro medidas rigurosas pero imprescindibles. La primera, acabar con el efecto llamada, cortando de raíz todas las ayudas del Estado de bienestar a los inmigrantes de origen musulmán, y facilitando las expulsiones de desempleados (un porcentaje considerable), sospechosos y por supuesto delincuentes. Otra, deshacer por las buenas o por las malas las imposiciones anticonstitucionales de la ley islámica, en barriadas enteras de las ciudades europeas. Y una tercera o cuarta, aunque tan importante como las demás, combatir por tierra, mar y aire al yihadismo fuera de Europa, en Siria, Iraq, Afganistán y donde haga falta, para destruirlo sin contemplaciones.

Los europeos debemos decidir si queremos la paz a cambio de un agónico proceso de cesiones, hasta el sometimiento completo, o por el contrario estamos verdaderamente dispuestos a preservar nuestra identidad, lo que–no nos engañemos–va a tener un mayor coste en vidas humanas, civiles y sobre todo militares.

El problema es que optar por lo segundo será enormemente difícil desde el utilitarismo progresista, es decir, si no creemos en gran cosa más que en los centros comerciales con aparcamiento gratis la primera hora y en los condones con sabores frutales. Quizás estemos aún a tiempo de permitir que nos ilumine la verdad en la que creían el padre Jacques Hamel y otros miles de mártires cristianos en todo el mundo. Una Verdad (despojada de las deformaciones buenistas a la moda) por la que vale la pena luchar: justo lo que, a largo plazo, los islamistas deberían temer más de nosotros.

No introduzcas a cualquiera en tu casa,

Porque son muchas las intrigas del astuto.

(…)

Pues pagando el bien con el mal, pone asechanzas,

Y a las cosas mejores les pone tacha.

(…)

Mete en casa al forastero

Y te descompondrá con tumultos

Y te enajenará el ánimo de los tuyos.

(Proverbios, 11, 31-36)

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