Reivindicación del infierno

En estos tiempos, abundan quienes no creen en el Cielo; pero son muchos más, incluso entre católicos nominales (que son la mayoría de católicos), quienes no creen en el Infierno. Por supuesto, para creer al menos en lo primero es conveniente antes tener fe en Dios. Y ya esto parece en muchos círculos propio de mentes atrasadas. La diferencia formal entre creyentes y no creyentes es que los segundos se consideran más listos o más informados. En cambio, un católico no abriga la idea de que la creencia en un Ser trascendente obedezca a algún mérito personal suyo, de que sea producto de una superior lucidez. En todo caso, si algo ha puesto de su parte, será precisamente el estar humildemente abierto a lo decisivo para tener fe, que es la Gracia divina.

Claro que esto no tiene nada que ver con el fideísmo, un viejo error siempre condenado por la Iglesia. Pensar que la creencia en Dios es puramente una cuestión de fe, en la cual la razón no interviene para nada, nos lleva en la práctica a algo muy parecido al relativismo ambiente contemporáneo. Para la mayoría adocenada, incluidos tantos intelectuales que creen estar muy por encima de esa mayoría, no existe ninguna verdad absoluta. Para un fideísta, es decir, un creyente irracionalista, no existe ninguna verdad absoluta… comunicable.

El cristianismo sin razones, sin el logos, no es cristianismo. La razón ayuda al que no tiene fe a encontrarla. Y al que ya la tiene, le ayuda a ayudar a otros. Existen al menos tres cuestiones fundamentales en las que razón y fe son inseparables. La primera es la concepción de un Dios personal. La segunda es la concepción de Dios como el Bien absoluto, lo que equivale a hablar del Cielo. La tercera es la opción de la condenación eterna, es decir, el Infierno. Antes de reflexionar sobre esta última cuestión, que es el tema de este escrito, diré algo sobre las dos primeras, lo más brevemente posible.

Sólo existen dos posiciones metafísicas radicales sobre el sentido de la inteligencia en el universo. O bien decimos que la inteligencia ha surgido después, como resultado de la acción de leyes necesarias y del azar, o bien sostenemos que la inteligencia, el logos, es la realidad más primordial, a la que llamamos Dios, y de la cual procede todo lo demás.

La segunda tesis presenta un aparente problema. En nuestra época positivista, negadora de todo esencialismo, la inteligencia sólo puede consistir en algo que se manifiesta en los fenómenos, un proceso adaptativo de los seres vivos. No tiene sentido hablar de una inteligencia previa a la existencia de un organismo y de su entorno, como no tiene sentido hablar de la idea platónica de mesa: sólo hay esta o aquella mesa concretas. Pero he dicho que esta dificultad es aparente, porque el teísmo ya es en sí mismo la negación del positivismo. Negar a Dios porque negamos que exista una esencia de la inteligencia es como negar los milagros porque las leyes físicas son inviolables. Por supuesto, sostener que hay milagros ya es negar, precisamente, que las leyes físicas sean absolutamente inviolables. No es un argumento contra la tesis A enunciar simplemente la tesis no-A.

Ahora bien, la primera tesis, que la inteligencia es algo secundario (en el sentido causal-temporal) en el universo sí que presenta dificultades realmente complicadas de superar. Nos dicen que la inteligencia humana es un producto de leyes necesarias y del azar. Sin embargo, las leyes necesarias ya presuponen la inteligencia. ¿Por qué debería haber leyes, constantes físicas? La única salida consecuente de esta objeción es la que han adoptado algunos cosmólogos contemporáneos, los cuales sostienen que incluso las leyes necesarias son producto del azar, pues existen infinitos universos que registran todas las variantes posibles de principios y constantes físicas. Ahora bien, si a la postre todo es producto del azar más absoluto, nada impide que ahora mismo esa taza de café se convierta en una rana, y se escabulla saltando. “Ah, esto violaría tal y cual ley física”. Pero ¿no hemos quedado que todo surge del azar, en última instancia? Un ateísmo consecuente nos conduce a la eclosión de los monstruos que describió Jean-Paul Sartre en su novela La náusea. Cuanto antes se aperciba uno de esta conclusión, antes llegará a tener que decidirse (con la ayuda de Dios) entre la razón teísta y la sinrazón atea. Por supuesto, el principal obstáculo para ello no es otro que el mito de la Ilustración, de que la razón y el cristianismo son enemigos íntimos, cuando la verdad es todo lo contrario.

Me estoy alargando más de lo que quería en los puntos previos a la cuestión del Infierno. Veamos rápidamente el tema de Dios como Bien absoluto. Los escépticos piensan que un Dios bueno, con el que nos reuniremos en el Cielo, no es más que una patética búsqueda de consuelo. No hay duda de que se trata de una idea consoladora (la más consoladora de todas, a poco que se medite), pero esto no significa que carezca de justificación objetiva. De hecho, es muy fácil de comprender, pues se desprende de la idea que acabamos de considerar, según la cual la inteligencia es el origen de todo. Si Dios ha creado todo cuanto existe, significa que existía antes de cualquier límite, mácula o condición. Por tanto, una vez planteamos el concepto de un Creador, este tiene que ser perfecto. No porque se necesite serlo para crear este mundo (en teoría, bastaría un demiurgo muy poderoso, pero no infinitamente), sino porque se necesita serlo para poder existir independientemente de cualquier mundo determinado o caos primigenio.

Por cierto que, cuando consideramos seriamente la Perfección Suma, las quejas sobre la existencia del mal en el mundo se nos antojan menos impresionantes. Pues por mera lógica, un Ser perfecto e increado sólo podía crear un ser menos perfecto que él. ¿Hizo mal Dios en dar a la existencia este mundo lleno de imperfección? ¿Hubiera sido mejor que no hubiéramos nacido? Dejemos estos interrogantes solo apuntados.

Lo que nos interesa aquí y ahora es que la existencia de este Bien Supremo de carácter personal lleva aparejada la necesidad de que los seres personales creados por Él acaben participando en otra vida de la gloria divina. Nada que ver, por cierto, con esa estúpida visión de un paraíso basado en una mera hiperbolización de placeres sensuales masculinos. Y menos aún tiene que ver el Cielo cristiano con la anulación del yo a la que se acogen los budistas, quienes no dejan de ser consecuentes con su negación de la existencia de una personalidad creadora primordial. (En efecto, ¿a santo de qué sostendrían la inmortalidad personal, si no creen en la existencia de un Creador personal?)

Es así como estas reflexiones nos conducen a la cuestión del Infierno. Porque si el Cielo cristiano implica la preservación de la personalidad individual, esta es inseparable de la elección, es decir, de la opción de rechazar el propio Cielo. Casi con total seguridad, las imágenes del fuego abrasador y los tormentos infernales no son más que eso, imágenes, que al igual que los seis días de la Creación, no debemos tomar al pie de la letra. Pero a mí no me cabe duda de la existencia del indecible sufrimiento moral del Infierno, es decir, de lo que implica verse privado por siempre de la intimidad con Dios, como les debe suceder a los réprobos cuando comprueban su existencia más allá de toda duda posible, descorridos todos los velos del mundo material.

Se dirá que nadie elegiría la condenación eterna si estuviera convencido de la existencia del Bien absoluto, que Dios hace trampa al no mostrarse de manera indubitable. Nada más equivocado. Si el poder de Dios fuera evidentísimo en esta vida, sería imposible distinguir la auténtica buena voluntad del mero cálculo egoísta. La ocultación temporal de Dios y la libertad del hombre (es decir, su naturaleza personal, a imagen y semejanza de Dios) son una y la misma cosa.

Como decía al principio, hoy son pocos, incluso entre católicos nominales, los que creen en el Infierno, en la posibilidad del destierro eterno (o el descielo, sería más preciso decir). Incluso podríamos decir que su negación, esto es, la negación de que algo puede salir definitivamente mal, es la esencia íntima de la religión verdaderamente hegemónica de nuestros días: el progresismo. Esta ideología, que impregna todo y a todos, reducida a su más pura formulación, no es más que un optimismo idiota según el cual al final triunfará el bien porque sí, porque la historia avanza imparable en el largo plazo, independientemente de cualquier voluntad o interés individual. El progresismo es un determinismo, o sea, la negación del libre albedrío y por tanto, de la persona como ser irreductible. Negación metafísica que no por casualidad se convierte en exterminadora cuando se ha manifestado en sus aplicaciones más consecuentes, como es el caso del marxismo, y también del nacionalsocialismo hitleriano, esa variante biologicista del comunismo.

Sólo Dios conoce lo más profundo del corazón de cada hombre. Nadie aparte de Él puede decir quién se condenará o no, pero es perfectamente razonable suponer que, si somos inmortales, Hitler y Stalin nunca jamás se beneficiarán de un injustísimo aprobado general. Se replicará que si estos tiranos hubieran creído verdaderamente en el Infierno, eso no los habría convertido en mejores personas, incluso aunque se hubieran contenido por ello en sus crímenes. Pues más a mi favor para que se condenen.

La posibilidad del castigo ultraterreno confiere a la vida un valor absoluto. No es indiferente lo que hagamos en este breve tiempo del que disponemos. El progresismo nos exonera de semejante tensión, pero al hacerlo, desvaloriza de raíz la existencia humana. Su final feliz de la historia es tan banal como el final feliz de un telefilme de la tarde del sábado. El progresismo sólo puede mejorar una vida desprovista de angustias trascendentes eliminando las angustias para pagar las facturas, o poco más. Y ni siquiera acostumbra a ser eficaz en tarea tan modesta. Al estar empeñado en eliminar toda tensión y conflicto, sólo consigue aumentar el número de los que confían en que paguen otros las facturas.

Creo que hay un Cielo y un Infierno porque creo que importa lo que hacemos, que importa de un modo absoluto. E importa porque hay un Bien absoluto, que podemos alcanzar pero también podemos perder, porque es inseparable de nuestra condición de seres personales, con capacidad para actuar y decidir; para ser responsables de nuestros actos, tanto en esta vida como en la otra.

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15 comentarios sobre “Reivindicación del infierno

  1. Lo has entendido todo mal. La existencia de unas leyes físicas o naturales no se refiere a la preexistencia de estas leyes y que la naturaleza se ajusta a ellas. Lo que pasa es que nosotros observamos un fenómeno que se produce siempre de igual manera y de ahí deducimos una ley.
    ¿Alguna vez viste una taza convertirse en rana? No ¿verdad?. De ahí sacamos la ley de que las tazas no se pueden convertir en ranas. Pero si tuviéramos evidencias de que esto ha ocurrido bajo alguna circunstancia, tendríamos que reformular la ley. Las leyes de la ciencia cambian cada día para explicar los fenómenos que nos rodean,no existían previamente.

    Menudo razonamiento te has marcado macho.

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  2. A Juzkhain:

    Me permitirás que me dirija a ti en el mismo tono de viril franqueza que te gastas conmigo. Sospecho que eres de esos que un buen día tomaron posesión de una teoría simple y facilona y que desde entonces miran por encima del hombro a quienes no la comparten, acaso tras haber pasado por ella cuando tú todavía no te afeitabas. (Si después de todo resulta que tienes 50 años, lo tuyo ya es más grave.)

    Tu teoría facilona es el viejo positivismo decimonónico (aunque tiene precedentes antiguos, en la concepción helenística de “salvar los fenómenos”) consistente en decirse: “El universo presenta un orden, una regularidad. Pero no vamos a ser tan atrevidos para pensar que eso obedece a alguna razón. Vamos a limitarnos a buscar esquemas que permitan relacionar los fenómenos entre sí, y a ir adaptándolos o revisándolos a medida que observemos nuevos fenómenos que no encajan ni a tiros. Pero nada de pensar que hay algo real ahí fuera, un orden tras los fenómenos, que eso cansa mucho.”

    Si la gran ciencia (Galileo, Newton, Einstein) hubiera procedido con este ánimo burocrático, todavía estaríamos con el sistema ptolemaico, añadiendo epiciclos cada vez que prever la órbita de un nuevo astro lo requiriera. Los mejores científicos nunca han sido positivistas, en general, o lo han sido, contagiados por las modas, en contradicción con su verdadera práctica científica. Ellos pensaban o intuían que efectivamente existen unas “leyes preexistentes” que hay que descubrir, y no simplemente que se trata de inventar esquemas que relacionen fenómenos para cubrir el expediente. Einstein mismo, pese a no creer en un Dios personal, siempre reconoció que la inteligibilidad del universo lo dejaba perplejo. Es decir, no creía que las ecuaciones y principios de la física y la cosmología eran meras convenciones, sino que intentaban, con mayor o menor acierto, describir la esencia de la realidad.

    Ante el espectáculo del orden del universo, tú puedes adoptar la postura de “eso no me incumbe, yo sólo debo preocuparme de establecer relaciones entre fenómenos que me sean útiles técnicamente”, o bien puedes ser mucho más ambicioso y preguntarte a qué obedece dicho orden. Posiblemente, la razón humana no pueda nunca responder esta pregunta. Es a partir de los límites de la razón (reconocidos por esta misma) que tiene todo su profundo sentido la fe.

    Un saludo, y gracias por leerme, de todos modos.

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  3. Einstein por cierto, hablaba de un universo determinista, y aún con todo lo gran físico que fuéramos se equivocaba, del mismo modo que se equivoca usted al creer en un orden preestablecido.

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  4. Hola Carlos,
    en este post ya has rizado el rizo. Párrafos y párrafos para explicar por qué crees en el infierno, sin un solo dato útil que no sea una conjetura.
    En la línea de lo que dice Juzkhain, te resumo el método científico:

    Si afirmas que existe el infierno, demuéstramelo con un experimento, que además sea repetible por otra persona. Y entonces te creeré. Fácil.

    Curiosamente, para refutar a Juzkhain afirmas “Sospecho que eres de esos que un buen día tomaron posesión de una teoría simple y facilona y que desde entonces miran por encima del hombro a quienes no la comparten, acaso tras haber pasado por ella cuando tú todavía no te afeitabas.”

    Y eso es justo lo que has hecho tu con el infierno, incluso con tu creencia en Dios. Mira las estadísticas, que las hay, y verás como la mayoría de las personas que creían en Dios en edad escolar (bautismo, catecismo y todo eso que uno no elige) afirman haber dejado de creer cuando han sido adultos. Igual que pasa con Papa Noel, los Reyes Magos, y otras tantas cosas.

    Y luego afirmas: “El cristianismo sin razones, sin el logos, no es cristianismo. ”

    Una vez más: Te invito a que recites el Credo que recitas cada domingo (yo aún me lo se de memoria), e intentes demostrar una sola de las afirmaciones que en el se hacen. Si lo consiguieras, todos creeríamos en Dios y no habría debate. Pero es imposible, por muchos posts de 20 párrafos que escribas hilando tradición, metafísica y otros temas. No has demostrado una sola cosa.

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  5. ¿El universo ha sido creado por el azar?

    Si, quien afirme eso, tendría que demostrarlo, claro.

    Mientras tanto, no sabemos cómo ha sido creado. Y no nos inventamos teorías extrañas.

    Ah, y la existencia de Dios y del infierno, no tienen nada que ver con el Universo. Son un invento por que sí.

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    1. Por cierto:

      La ciencia no habla de Dios y ningún experimento puede demostrar que existe o no. De la misma manera, ninguna teoría científica puede introducir la libertad humana o la actitud psicológica de quien hace un experimento. (M. Carreira)

      Dios no se encuentra como un eslabón más de una cadena de explicaciones físicas. El no será ni una ley física más general ni una fuerza material más profunda. No puede entrar en las categorías de la física, la química, la biología. Estas ciencias deben buscar y comprobar experimentalmente todo cuanto la mente humana puede preguntarse respecto al funcionamiento de la materia, desde la última partícula elemental hasta la estructura del Universo.

      En cambio, Dios podrá aparecer como única razón suficiente cuando nos preguntemos por qué existe el Universo, qué finalidad puede hacer inteligible su desarrollo, qué responde en la realidad a nuestros anhelos de superación, inmortalidad, felicidad. Todas estas preguntas se salen de las ciencias naturales, pero son tan espontáneas e importantes como las preguntas científicas. El ignorarlas o negarse a estudiarlas es restringir arbitrariamente el ámbito intelectual. No puede reducirse el Universo a simple física.

      Por esta razón decía Einstein: «Si la religión sin ciencia es ciega, la ciencia sin religión cojea». (M. Carreira)

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  6. ‘Son un modo de vida y una actitud hacia el universo (…).

    La religión pone al hombre en contacto estrecho con la naturaleza interior de la realidad, sus afirmaciones son inciertas en el detalle, pero suelen contener verdad en el fondo, en cambio la ciencia se refiere a todo, excepto a la naturaleza de la realidad, sus afirmaciones son ricas en el detalle, pero revelan sólo la forma y no la naturaleza real de la existencia. El hombre sabio regula su conducta por las teorías de la religión y la ciencia, a la vez’. (John B. Haldane)

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    1. Lorenzo,
      creo que sigues liando el tema.
      Afirmas: “La ciencia no habla de Dios y ningún experimento puede demostrar que existe o no”

      Pues si ningún experimento puede demostrar que existe, por ahora habrá que pensar que no, igual que no existen jirafas en Madrid hasta que alguien demuestre lo contrario, por ejemplo.

      Y no estoy de acuerdo con eso de que “la ciencia se refiere a todo, excepto a la naturaleza de la realidad”.
      La ciencia intenta estudiar la naturaleza de la realidad, pero estamos muy lejos de ese conocimiento con los medios actuales, aunque se avanza.

      Y vuelvo al comienzo. Claro que hay muchas partes del mundo y de nuestra propia vida que la ciencia no puede explicar.
      Pero lo sorprendente es que cuando uno no puede explicar algo, de repente se inventa un Dios para intentar explicarlo. Y todos los Dioses vienen con una serie de creencias tampoco demostradas, que dependen de la región donde hayas nacido (curioso, ¿No?). En el caso del catolicismo, como la ciencia no puede explicar algunas partes de tu vida, crees que hay un Dios que ha creado el cielo y la tierra, crees en el infierno, crees que la Virgen dió a luz por obra de un espíritu, crees que hubo una persona que resucitó (a pesar de que eso es imposible), etc…. ¿Por qué crees todo eso? ¿Has sido tu mismo el que lo has deducido? Me temo que no.

      Todo este debate venía a raiz del Infierno. Como parece que necesitas un ‘sentido de la vida’, y nadie te da una explicación, acabas creyendo en una cosa tan retorcida como el infierno… ¿Por qué?

      Un saludo.

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      1. Es que no es exactamente así. No se trata de creer en Dios para cubrir los huecos que deja la ciencia momentáneamente. Parto de la base de que hay aspectos de la realidad que la ciencia nunca podrá explicar. La ciencia podrá explicar en parte lo que se refiere a uno de sus aspectos, el material, pero nada de lo que concierne al otro, el espiritual.

        Dices que “cuando uno no puede explicar algo, de repente se inventa un Dios para intentar explicarlo”.

        Es justamente al revés: es la ciencia la que se inventa explicaciones (química, conexiones de las neuronas, influencia de hormonas, multiversos…) para salir del paso de lo que no puede explicar realmente. Me temo que la ciencia nunca podrá explicar hasta sus últimas consecuencias fenómenos como la capacidad de ser consciente, la conciencia del yo, el pensamiento conceptual, la comprensión de símbolos, ni siquiera el origen de la vida o el “ajuste fino” de las leyes de la naturaleza. Por no hablar de otras cuestiones, como el desencadenamiento de sentimientos, el amor, la compasión…

        Por tanto, el argumento que utilizas de las jirafas de Madrid es tramposo. Nadie cree que las haya porque no existe ningún indicio, pero sí de la existencia de Dios. La prueba está en las discusiones y libros que se escriben sobre el tema, en especial en el mundo anglosajón.

        Ahora pregunto: ¿por qué crees en el Big Bang, el principio de Arquímedes, en la teoría de la relatividad o en cualquier otra “verdad” científica? Con tus palabras: ¿has sido tú mismo el que lo has deducido? Me temo que no.

        Tú crees en eso, como yo puedo creerlo, porque nos lo han contado personas con autoridad.

        En el caso del Cristianismo, yo creo en Cristo, ayudado por la gracia de Dios, porque me lo han transmitido personas con autoridad.

        Antes de ser cristiano me ayudaron, entre otros, Pascal y su apuesta o Chesterton: “Lo malo de que los hombres hayan dejado de creer en Dios no es que ya no crean en nada, sino que están dispuestos a creer en todo”. Esta frase me dio mucho que pensar, la verdad.

        Sobre el infierno dice el Catecismo: “… permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra “infierno”. No creo que esto sea nada retorcido, sino “un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno”.

        Saludos.

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  7. “Parto de la base de que hay aspectos de la realidad que la ciencia nunca podrá explicar”.
    ¿Qué significa ‘partir de una base’? ¿De donde has sacado esa afirmación?

    “es la ciencia la que se inventa explicaciones (química, conexiones de las neuronas, influencia de hormonas, multiversos…) para salir del paso de lo que no puede explicar realmente”

    La ciencia no se inventa nada. Todo lo que la ciencia demuestra, se publica y debe poder ser replicado por otros grupos científicos. Las conexiones de las neuronas se pueden ver con equipos de imagen, y al microscopio. La influencia de las hormonas en los casos que se conoce está demostrada y es repetible… etc.

    “Tú crees en eso, como yo puedo creerlo, porque nos lo han contado personas con autoridad.”

    No, yo creo en esas cosas por que han sido avaladas por la comunidad científica. El principio de Arquímedes, al que aludes como ejemplo, lo puedes comprobar tu cualquier día en tu bañera. Igual que las leyes de Newton, y otras tantas cosas. Hay ideas más complicadas que tu no puedes replicar en casa, pero que se han replicado en distintos laboratorios del mundo para comprobar su certeza.

    Nada de eso para con las que creencias que aparecen en la Biblia. Deja ya de liar con esa comparación. Lo de la resurección de Cristo tu te lo crees por que sí. La gente que lo escribió no son ‘personas con autoridad’, por que fue hace 2000 años y tu no sabes realmente ni quien eran, y si eran fiables.

    “En el caso del Cristianismo, yo creo en Cristo, ayudado por la gracia de Dios, porque me lo han transmitido personas con autoridad.”

    ¿Puedes retroceder en la cadena de personas que han transmitido eso, hasta alguien que haya demostrado con alguna prueba la existencia de Dios?
    NO PUEDES. Que consideres a tus padres personas con autoridad, no quiere decir que te creas cualquier cosa que dicen, digo yo.

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    1. Sobre la primera pregunta:

      ‘Toda explicación puede ser más explicada aún por una teoría o conjetura de mayor grado de universalidad. No puede haber ninguna explicación que no necesite de una explicación ulterior”. (K. Popper)

      Saca conclusiones.

      En cuanto a los “inventos” de la ciencia te paso dos vínculos interesantes y una cita:

      http://magnet.xataka.com/en-diez-minutos/lo-que-hay-detras-del-engano-cientifico

      http://miagoraparticular.blogspot.com.es/2010/07/di-trocchio-las-mentiras-de-laciencia_2724.html

      “Caben, en cambio, dos discursos cientificistas. El de la exageración y el de la intromisión. Todos los días asistimos a exageraciones, a extrapolaciones infundadas. Por ejemplo, reducir un estado anímico, el que sea, a un balance de neurotransmisores. O suponer que un resultado obtenido en modelo experimental permitirá curar un cáncer próximamente”. (J.Peteiro)

      Tú crees en la ciencia como un acto de fe (religión) (¿has comprobado por ti mismo el Big Bang, los multiversos o la teoría de la evolución?), porque crees lo que te dice la comunidad científica (apóstoles).

      Algunas cosas las podrás comprobar (por cierto, ¿has aplicado la fórmula del principio de Árquímedes alguna vez al bañarte?) y otras muchísimas te las crees porque sí, por fe ciega en la ciencia.

      “La gente que lo escribió no son ‘personas con autoridad’, por que fue hace 2000 años y tu no sabes realmente ni quien eran, y si eran fiables”.

      Si tuviéramos que privar de autoridad a todo lo que viene de hace dos mil años o más, estaríamos apañados.

      Para mí, S. Mateo o S.Pablo, por ejemplo, tienen toda la autoridad del mundo, supongo que lo mismo que para todos estos,

      (https://en.wikipedia.org/wiki/List_of_Christians_in_science_and_technology)

      que imagino también “liarían con la comparación”.

      Un saludo.

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  8. Pufff
    Por mucho que enredes la cosa con citas, no va a cambiar el planteamiento.

    1. Claro que hay fraude en la ciencia. Como hay fraude en toda comunidad humana. Y hay egos, necesidad de éxito, etc. También ha habido mucho fraude en la Iglesia a lo largo de la historia. Pero eso no impide que el método científico, bien y honradamente aplicado, sea la manera correcta de demostrar algo. En cuanto alguien publica un resultado impactante, muchos otros laboratorios se ponen a replicarlo. Y cuando no son capaces de replicarlo, no se da como cierto el resultado. Esto ocurre todos los días, aunque tu no lo veas.

    2. “¿has aplicado la fórmula del principio de Árquímedes alguna vez al bañarte?” Al bañarme nunca, pero he hecho los experimentos unas cuantas veces en el colegio, y funciona. Es una teoría demostrable y repetible.

    3. Lo de mostrar una lista larga de científicos que se decían creyentes es otro argumento clásico, pero que no prueba nada, ni nunca lo ha hecho. Todo mi respeto, si creían en Dios, pero ninguno pudo probar su existencia ni demostrarlo.

    A lo largo de la historia, la Iglesia ha afirmado un montón de cosas que se han ido probando como falsas, y que hoy nadie rebate. Entiendo que crees en la teoría de la evolución, ¿No?

    Lo mismo aún piensas que venimos de Adán y Eva, y nuestras coincidencias genéticas con otras especies son una coincidencia 😉

    Y ya que mencionaste la importancia de Dios en nuestras vidas, una curiosidad. Cuando algunos católicos se enteran de que han contraído un cáncer, rezan a Dios pensando que es capaz de curarles. Pero por la misma regla de tres, ¿Es Dios el que ha provocado ese cáncer? Ah no, eso no. Eso es el hombre, que es un pecador.

    En fin. No solo es que la existencia de Dios no es demostrable. Es que su propia influencia en nuestras vidas, en la versión del catolicismo, no se sostiene con un poquito que se razone.

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    1. Bien. Veo que, al menos, no insistes en las preguntas de los anteriores mensajes y que haces otras nuevas, por lo que deduzco que mis respuestas han sido convincentes hasta cierto punto. También veo que, astutamente, sólo respondes a las cuestiones que te interesan.

      Al final, vuelves al asunto de que la existencia de Dios no es demostrable por la ciencia.
      Eso creo que ya estaba aclarado en los primeros mensajes.

      En cuanto a lo que la Iglesia dice o deja de decir habría mucho que hablar. Es una comunidad humana, y como tú muy bien has dicho respecto a la comunidad científica, no está libre de errores o de fraudes.

      Sobre lo que planteas acerca del mal y de la intervención de Dios, es un tema peliagudo que nos llevaría mucho tiempo discutir y no es cuestión de eternizarnos.

      Sí quiero decirte para terminar que la ”influencia de Dios en nuestras vidas, en la versión del catolicismo” se ha “sostenido” durante dos mil años. Y a mí, como a muchos que no vemos ninguna incompatibilidad entre fe y razón (o ciencia), me seguirá sosteniendo espero que el tiempo que me quede de vida terrenal. Dios mediante. 😉

      Un saludo.

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