Cuatro razones para llamar progresistas a los progresistas

Quienes se llaman a sí mismos progresistas no siempre coinciden en todo, pero podemos señalar una serie de puntos que la mayoría de ellos suele compartir.

  • Son partidarios de la redistribución de la riqueza mediante la coacción estatal, con diferentes grados de socialismo. Como dijo Richard M. Weaber: “Un progresista es una persona que no es comunista, pero no puede dar ninguna buena razón para no serlo.”
  • En relación con lo anterior, entienden la democracia no tanto como un instrumento de limitación del poder político, sino como una forma de legitimarlo y de justificar su expansión.
  • Creen que es necesario actuar (también coacticvamente, por supuesto) para que se produzca una igualdad de hecho entre sexos, en todas las actividades, e independientemente de las inclinaciones y preferencias de hombres y mujeres, las cuales aborrecen como producto de un condicionamiento cultural “heteropatriarcal”.
  • Son partidarios de la legalización del aborto, barbarie que justifican sosteniendo la tesis groseramente acientífica de que un ser humano antes de nacer (o por lo menos hasta una determinada semana de gestación, decidida por ellos) es sólo “un amasijo de células”. Son también partidarios de la eutanasia e incluso del suicidio asistido.
  • Quieren imponer que los “modelos alternativos de familia” (monoparentales, homoparentales y lo que surja) tengan el mismo valor social que la familia natural formada por la madre, el padre y los hijos.
  • En España, son “antifranquistas”, lo cual implica una imagen sesgada e idealizada de la Segunda República y de las izquierdas en los años treinta, así como el desprecio del nacionalismo o el patriotismo español (pero no de los nacionalismos catalán, vasco, etc.) y de la moral católica, por asociarlos con el régimen franquista.
  • Defienden el pacifismo Creen que toda violencia se origina en las injusticias y desigualdades. Adoptan actitudes buenistas ante el islam, así como ante la inmigración ilegal o descontrolada, negándose a ver los conflictos, o en todo caso achacándolos a la xenofobia y al racismo.
  • Creen fervientemente en el cambio climático antropogénico, al que asocian con todo tipo de calamidades presentes y futuras. Están en contra de la energía nuclear, de las nuevas tecnologías extractivas de petróleo, de los cultivos transgénicos, etc. Defienden los “derechos” de los animales, al tiempo que apoyan el aborto y la experimentación con embriones humanos.

Una crítica típica a los progresistas se basa en negar que algunos de los puntos anteriores sean “realmente” progresistas. Por ejemplo, muchos sostienen que lo progresista no es el aborto, sino defender el derecho a la vida desde la concepción. O que los nacionalismos periféricos no tienen nada de progresistas, pues son ideologías románticas que surgen como una reacción contra la Ilustración. O que el socialismo no es tampoco un progreso, pues conduce a la miseria y la pérdida de libertades, etc. Sin duda, estas críticas aciertan en las cuestiones de fondo. Pero en mi opinión, disputar el uso del término progresista es una forma ineficaz, débil y hasta contraproducente de plantearlas. Hay cuatro razones por las cuales creo que es mejor llamar progresistas a los sedicentes progresistas, las cuales expongo acto seguido.

  • Los progresistas han ganado ya esta batalla. Una cosa es no caer en su lenguaje (por ejemplo, evitando expresiones ideológicamente cargadas o eufemísticas, como “violencia de género”, “interrupción voluntaria del embarazo”, etc.) y otra muy distinta es no reconocer cuando hemos perdido. Pretender deshacer el significado socialmente admitido del término progresista es tan inútil como querer recuperar las Filipinas.
  • Progresismo deriva de progreso, pero esto no significa que criticar el progresismo equivalga a estar en contra de todo progreso (entendido en su sentido más trivial de mejora de algo), del mismo modo que criticar el infantilismo no es estar en contra de la infancia, ni estar contra el cientificismo supone oponerse a la ciencia.
  • Si nos negamos a conceder a los progresistas esta denominación, como si fuera un título honorable, el resultado es que la palabra progresismo seguirá conservando un prestigio inmaculado cuyos máximos beneficiarios son quienes, a fin de cuentas, se amparan en ella. Obsérvese que los progresistas no pierden ni un minuto en defender el “verdadero” conservadurismo, o el conservadurismo “bien entendido”. En cambio, la actitud de la derecha es mucho más torpe, ya no sólo con el vocablo progresismo, sino incluso con el término izquierda. Resulta patético escuchar a algunos políticos o periodistas de derechas poner en duda que sus adversarios sean “verdaderamente” de izquierdas, como si lo contrario (es decir, ser de derechas) fuera lo más bajo que se puede caer en esta vida. O por lo menos dando por buena la visión que la izquierda tiene de sí misma como solidaria, justiciera, etc. A la izquierda y al progresismo en general hay que juzgarlos por sus resultados, no por sus intenciones. Cuando la propia derecha cae en la trampa de identificar implícitamente con las últimas el progresismo, no hace más que meterse un gol en propia puerta. Algo análogo podemos decir de expresiones como “derecha moderna”, como si la modernidad fuera el máximo criterio de aceptabilidad[1].
  • No existe una expresión alternativa inequívoca para denominar a quienes se llaman a sí mismos progresistas. “De izquierdas” hace tiempo que ya no sirve, pues muchos de los puntos enumerados arriba son defendidos por centristas o por liberales (en el sentido de contrarios al intervencionismo estatal). La división entre derecha e izquierda ha corrido parecida suerte (sobre todo desde 1968) a la que sufrió la división entre los británicos tories y whigs tras la Revolución francesa[2]. Tampoco son útiles, fuera de ciertos contextos, expresiones como “políticamente correcto” o “pensamiento único”, entre otras, que se emplean muchas veces para expresar ideas que no tienen nada que ver con el progresismo dominante, o incluso que son exactamente contrarias a él. De hecho, la expresión “pensamiento único” se refería en los años noventa al “neoliberalismo” tras la caída del muro de Berlín, y sólo después fue empleada por algunos autores para denominar críticamente la ideología de izquierdas que predomina ampliamente en los medios de comunicación y en las ciencias sociales. Con “políticamente correcto” ha sucedido más o menos lo contrario. De designar la estrategia del marxismo cultural que interpreta la historia y la sociedad como una lucha entre hombres y mujeres, blancos y negros, homos y heteros, etc., ha pasado a significar (en cierta habla española descuidada) algo así como lo convencional o carente de originalidad, que puede variar ostensiblemente según el hablante. Mucho más desafortunado es el uso del término liberalismo (a veces por una mala traducción del inglés) para referirse al progresismo en general, como si el abortismo y la relativización de la familia fueran consecuencias lógicas de la libertad de expresión, la libertad religiosa, la división de poderes, el derecho de propiedad y el mercado libre. En cualquier caso, si queremos tener posibilidades en la guerra cultural contra el progresismo, es imprescindible identificarlo con una palabra lo menos ambigua e imprecisa posible, y por el momento no se me ocurre otra mejor.

En resumen, es de la mayor importancia referirse críticamente al progresismo sin circunloquios timoratos, como si nuestra mayor preocupación fuera que nadie cuestionara nuestra pertenencia a este selecto club. Tampoco tiene sentido intentar cambiar desde fuera sus reglas de admisión. Es innegable que los progresistas han sabido encontrar un nombre que a muchos inspira respeto, pero ya es hora de que se lo perdamos: sólo es una palabra.

 

[1] Lo ha expresado con brillante desparpajo la bloguera Yael Farache en esta entrada, aunque quiero pensar que ha sido demasiado dura extendiendo su crítica a todo el partido Vox, en lugar de limitarse al tontaina que se puso en contacto con ella.

[2] Véase al respecto el magnífico estudio de Yuval Levin, El gran debate. Edmund Burke, Thomas Paine y el nacimiento de la derecha y de la izquierda, Gota a gota, Madrid, 2015.

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4 comentarios sobre “Cuatro razones para llamar progresistas a los progresistas

  1. “Los progresistas creen fervientemente en el cambio climático antropogénico”
    No es una creencia ferviente, es simplemente una constatación de los hechos.

    Algunos nos dedicamos a leer artículos científicos, mientras otros leéis la Biblia.

    Y en cuanto a esta obsesión tuya contra el progresismo (definido como a ti te viene en gana, por otra parte), y tu defensa a ultranza del conservadurismo (basado básicamente en las creencias de la Iglesia católica, por que sí) no tiene mucho recorrido.
    Basta mirar las ideas políticas e intenciones de voto por franjas de edad, y la gente que piensa como tu ya solo es mayoría a partir de los 55 años. Entre la gente joven, estas ideas están en el cuarto lugar en intención de voto. Me refiero al PP. Si hablamos de gente como VOX, directamente ni los conocen.
    El 17% de la población española afirma ir a misa todos los domingos. En dos generaciones, imagina cuantos serán.

    Estás, como cierta facción de la Iglesia, luchando desesperadamente por conservar unas ideas que simplemente están siendo desterradas tranquilamente por la sociedad. No de forma radical ni agresiva, de la forma más natural y tranquila.

    Y uno es mucho más feliz cuando deja de obsesionarse como tu, o como cierta gente de Podemos, y deja de vivir en constante lucha contra ciertas cosas que todo el mundo está aceptando como adecuadas y convenientes para la convivencia.

    Pero entiendo que ir a la contra de forma fanática es lo que da razón a las vidas de unos y otros. Y es un hobby como otro cualquiera.

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  2. Excelente artículo, como siempre, Carlos.

    Alfredo: “Algunos nos dedicamos a leer artículos científicos, mientras otros leéis la Biblia.”

    Menuda estupidez. Menudo tópico de todo a 100. Ha habido y hay muchísimos científicos creyentes, pero este ignorante no se ha enterado. Me pregunto, por lo demás, en qué “artículo científico” aparece que el hijo por nacer de una mujer no es un ser humano… Pero ¿para qué preguntarlo? El comentario es tal catarata de chorradas que no merece ni comentarlo.

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  3. El cambio climático antropogénico (CCA) no es la constatación de unos hechos, sino una teoría, basada en hechos. Es muy diferente. Una teoría puede ser cierta o puede ser falsa, aunque se base en algunos hechos innegables. El destino de muchas teorías científicas es acabar siendo refutadas. El cambio climático, si por tal entendemos que la temperatura de la tierra ha aumentado cerca de un grado en unos cien años, es indiscutible. Pero que la causa principal sea el CO2 generado por el hombre (y por tanto, que el aumento de temperatura vaya a proseguir si no se hace algo), no está en absoluto demostrado. En los últimos 18 años se ha producido una pausa del incremento de temperaturas que ningún modelo sabe explicar. Y lo que algunos discutimos es que se gasten miles de millones de euros en medidas que no tenemos ninguna seguridad de que sean realmente necesarias, porque se basan en una mera teoría que defienden muchos científicos, porque se benefician de una parte de ese gasto público, o simplemente porque es lo que se lleva. (Los científicos son tan vulnerables a las modas ideológicas como todo hijo de vecino, como ya señaló Ortega.)

    Por otra parte, te agradezco tus desvelos por informarme de que mis ideas son minoritarias. Pero ya lo sabía. Dices que ir a contracorriente es fanatismo. Pero según el diccionario, fanatismo es defender una opinión con vehemencia desmedida. ¿Qué tiene que ver que la compartan muchos o pocos? ¿Eran fanáticos quienes defendían la abolición de la esclavitud en el siglo XIX? Pues ni más ni menos que los que se oponen al infanticidio prenatal en el XX.

    Desde luego, eres muy libre de pensar que yo no leo nada aparte de la Biblia. Si creer esto te ayuda a sentirte mejor con tus opiniones mayoritarias, por mí no te prives.

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  4. Hola,
    gracias por vuestras respuestas. De la de Elentir no entiendo por qué me responde con el tema del aborto, cuando no estamos hablando de eso. En la misma línea de no generalizar respecto a los ‘progresistas’, estos temas no tienen nada que ver, y una persona puede tener una idea en un caso y otra en otro.
    El debate sobre en qué momento exacto una vida es vida es mucho más complejo, casi filosófico que el debate del calentamiento global, para el que hay datos irrefutables.

    Carlos también saca el infanticidio prenatal a colación. No entiendo por qué. Respecto a la influencia humana en el calentamiento global, hay multitud de base científica sobre ello. SI tu quieres pensar que los científicos prefieren mentir simplemente para que les sigan financiando su trabajo, tienes una visión muy simple de lo que es un científico. ¿No es más fácil pensar que la gente que está en contra de ello tiene intereses empresariales directamente relacionados con el tema?

    Carlos, respecto a tu comentario en el post anterior, miraré las referencias que me propones, aunque la primera ‘La ciencia desde la fe’ ya tiene un título sesgado, pues la propia fe está ya reñida con la ciencia… En el momento en que no necesitas demostrar ciertas cosas, ¿Por qué has de demostrar otras?

    Es muy sencillo. Si uno cree en la transubstanciación, por ejemplo, como cree la Iglesia católica, ya es muy difícil hablar sobre la base científica de cualquier cosa.

    Un saludo

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