La pendiente bionarcisista

Aunque el exhibicionismo de las redes sociales lo haya elevado a cotas estomagantes, el fenómeno no es nuevo. Chesterton ya señalaba, a principios del siglo pasado, que la fe en uno mismo era casi el lema del mundo moderno. Hoy podemos prescindir del casi. Quererse más, tener autoestima, dedicarse más tiempo a uno mismo, hacer lo que uno siente: son algunas fórmulas de esa seudosabiduría que nos sirve a diario desde la publicidad comercial hasta ese curanderismo sofisticado de contraportada de La Vanguardia.

Quisiera llamar la atención sobre una derivación del narcisismo contemporáneo, que podríamos denominar bionarcisismo. Este se funda en la idea de que el individuo tiene un derecho absoluto sobre su naturaleza biológica, que incluye desde el aborto hasta la eutanasia, pasando por los úteros de alquiler, el cambio de sexo y la eugenesia. En resumen, que todo lo médica y científicamente posible me está permitido, porque yo lo valgo.

El bionarcisismo es la fase avanzada de un proceso. Se empieza controlando la natalidad (que en sociedades cada vez más envejecidas sigue considerándose una pauta civilizada irrenunciable) y se acaba liquidando, de modo rutinario, a ancianos y enfermos. Naturalmente, es tentador reírse de las predicciones apocalípticas, pero el optimismo progresista no goza de ninguna ventaja especial sobre el pesimismo conservador: ambas actitudes parten de la misma incertidumbre sobre el futuro.

El filósofo progresista James Rachels, en su Introducción a la filosofía moral, aborda el caso de un hombre que fue condenado a 25 años de cárcel en Canadá por asesinar a su hija con parálisis cerebral, para evitarle sufrimientos. Algunas asociaciones de discapacitados manifestaron su alivio, porque una sentencia absolutoria habría supuesto “lanzarse por una pendiente resbaladiza”, al abrir las puertas a que cualquiera se crea con derecho a decidir quién debe vivir o morir.

El contraargumento de Rachels es significativo: si empezamos–sostiene–a utilizar este “argumento de la pendiente resbaladiza”, cada vez que alguien se oponga a algo “podrá inventar una predicción acerca de aquello a lo que podría conducir y, por muy inverosímiles que sean sus predicciones, nadie podrá probar que esté equivocado. Este método se puede emplear para oponerse casi a cualquier cosa.” Es decir, Rachels critica el argumento de la pendiente resbaladiza utilizando el argumento de la pendiente resbaladiza. ¡Se empieza hablando de deslizarse por planos inclinados, y a saber adónde puede uno acabar deslizándose!

Los filósofos progresistas pretenden demostrar que nuestras reglas morales tradicionales están equivocadas porque no nos sirven para resolver ciertos dilemas desconcertantes, sean reales o imaginarios. De ello infieren que el hombre no depende de ninguna instancia superior para conocer el bien y el mal, ni para decidir sobre la vida y la muerte, sino que debe hacerlo exclusivamente con el instrumento de su razón. Se trata de una idea en la que resuena aquel “seréis como dioses” que la serpiente susurró a Eva en el jardín del Edén, a fin de convencerla de que probara el fruto del árbol del bien y del mal. No cabe duda de que la metáfora de la pendiente resbaladiza procede de lo más profundo de nuestra cultura judeocristiana: del concepto de la Caída.

En rigor, las predicciones de las que recela Rachels no pretenden tanto alertarnos acerca de unas hipotéticas consecuencias, como abrirnos los ojos respecto al carácter perverso de ciertas decisiones, situándolas en contextos imaginativos extremos. Cuando recurrimos, por ejemplo, a la célebre (aunque no sé si suficientemente comprendida) novela de Aldous Huxley, no lo hacemos tanto porque nos inquiete que pueda convertirse en realidad (aunque estamos lejos de descartarlo) como porque, quizás, la manera más didáctica de percibir el carácter radicalmente deshumanizador de ciertas biotecnologías consista en desarrollar hasta el delirio sus virtuales implicaciones.

Sin embargo, puede haber quien, enfrentado a esa anticipación distópica, no llegue a la conclusión que esperamos. Es decir, que descubra y hasta admita con franqueza que no tiene nada en contra de un “mundo feliz” que erradicara todo sufrimiento, aun a costa de imponer la eugenesia y el condicionamiento mental sistemáticos.

Por supuesto, los liberal-progresistas que aprueban los vientres de alquiler o la experimentación con embriones detestan la idea de un Estado huxleyano, aunque sólo sea porque no les gusta ningún Estado. Pero me pregunto si tendrían argumentos para rechazar la producción industrial de seres humanos por el sector privado. (Paso por alto lo poco probable que me parece que el gobierno quedara al margen, a largo plazo, de las posibilidades de control social que brindaría esa tecnología.)

O para ser más preciso, me pregunto qué hay en los razonamientos del liberal-progresismo que choque con la idea de externalizar masivamente la reproducción humana o, ya puestos, suministrar una droga de la felicidad perfecta, sin efectos secundarios, mientras todo ello se realice a través del mercado libre. Y me permito responder: nada. Apuesto que los bionarcisistas más lúcidos no tendrían ningún problema en reconocerlo.

La pendiente resbaladiza no debe entenderse necesariamente en un sentido trivialmente causal o anticipativo, sino más bien de carácter mítico-simbólico: expresaría la inestable elevación de la criatura que aspira a suplantar a Dios. Soy perfectamente consciente de que esto suena a medieval, la segunda peor cosa que se puede decir de un ser vivo (la primera es franquista, por supuesto). El bionarcisista ya no cree en mitos ni fábulas, sobre todo en la medida en que van unidos a preceptos enojosos o cuyo significado simplemente se le escapa. Más aún, está perfectamente maduro para despreciar aquel hermoso cuento de un país donde los niños crecían durante nueve meses dentro de los vientres maternos, y olvidar definitivamente el sentido maravilloso de la existencia. ¿Me creerán si les digo que no le envidio en absoluto?

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2 comentarios sobre “La pendiente bionarcisista

  1. Hay un tema subyacente en todo esto que no ha sido resuelto, ni por el Magisterio de la Iglesia ni por los intelectuales del llamado liberalismo conservador. Partimos de la base que la llamada ley de igual libertad de Herbert Spencer no alcanza para garantizar la subsistencia de la civilización. Se necesitan pues, otras restricciones a la libertad, aunque en principio se traten de conductas en las que no se afecten derechos de terceros. Pues muy bien ¿en base a que criterio se hacen esas restricciones? Supongamos que nos oponemos a la eutanasia incluso con consentimiento consciente, a los efectos de evitar la pendiente resbaladiza. Muy bien. Seamos coherentes, prohibamos también el divorcio, e incluso los metodos artificiales de anticoncepción aunque no sean abortivos (la pendiente resbaladiza sobre esto ultimo fue muy bien pronosticada por Pablo VI en su Humanae Vitae) Es un tema que para mi no esta resuelto y lo más probable nunca lo este. Los limites a la libertad siempre serán discutibles, aunque nos pongamos de acuerdo en que la libertad no puede ser absoluta.

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