El debate sobre la libertad y el orden natural

El debate sobre los vientres de alquiler entre Francisco José Contreras, Juan Ramón Rallo y otros (véase también), con ser en sí mismo de gran trascendencia, tiene implicaciones mucho más amplias, que atañen a nuestras concepciones sobre la vida, la familia y la libertad. En resumen, las posiciones de unos y otros (fácilmente identificables) son las siguientes:

Los libertarios sostienen que la libertad es el valor supremo, y por tanto son de entrada favorables a no poner puertas al campo en cuestiones bioéticas. Defienden, en general, los vientres de alquiler, la experimentación con embriones, la despenalización del aborto, los modelos alternativos de familia, la eutanasia… Los libertarios no sólo tratan de reducir el poder del Estado, o eliminarlo por completo, sino cualquier otra traba a la libertad, proceda de la tradición, la familia, la religión o la costumbre.

Por el contrario, los liberal-conservadores (entre los que me cuento) creen que la libertad es un valor fundamental junto al valor de la vida y el amor al prójimo, por lo cual no sostienen que en todos los casos sea siempre lo óptimo una libertad irrestricta. Se oponen, en general, a los vientres de alquiler, a la experimentación con embriones, al aborto provocado y la eutanasia, y no creen que cualquier forma de asociación humana sea igual de valiosa que la familia natural. Los liberal-conservadores son partidarios de reducir el poder del Estado, pero no tienden a ver a priori en la tradición, la religión o la costumbre trabas para la libertad, sino por el contrario, consideran que existe un cierto orden natural, deseable en sí mismo, que además resulta ser la mejor protección contra la excesiva intromisión política.

La crítica que los libertarios realizan a los lib-cons (valga la abreviatura) suele basarse en el argumento de la reducción al absurdo para demostrar que tienen mucho de conservadores, pero poco o nada de liberales. Por ejemplo, que si empezamos a prohibir cosas como los vientres de alquiler porque no son lo más indicado para los niños, también deberíamos prohibir la reproducción de personas que consideremos poco idóneas para la crianza y educación de los hijos.

Por su parte, los lib-cons reprochan a los libertarios que con su pretensión de cuestionar todos los vínculos tradicionales, dejan al individuo inerme ante el Estado, con lo cual, aunque aseguren estar defendiendo la libertad, en realidad están poniendo los cimientos teóricos para el totalitarismo. Es decir, también recurren a la reductio ad absurdum. En resumen, relativizar la institución familiar, pulverizando los vínculos entre sexualidad y reproducción, sería un paso más hacia la distopía que describió Aldous Huxley en su famosa novela de los años treinta, Brave New World, traducida entre nosotros como Un mundo feliz, en la que el Estado es el encargado de producir y criar a los seres humanos, así como de garantizarles la felicidad hasta administrarles la eutanasia final.

Otra diferencia importante entre libertarios y lib-cons es que los primeros, aunque no renuncien a apoyar sus tesis sobre la observación, basan sobre todo sus argumentaciones en definiciones abstractas y razonamientos lógicos, mientras que los segundos son más proclives a tener en cuenta la experiencia y a desconfiar de razonamientos puramente abstractos. La actitud fundamental del libertario se resume en expresiones como “¿qué tiene de malo…?” o “¿por qué no?”, mientras que la del lib-con es más cautelosa, menos confiada u optimista.

Si tuviéramos que resumir lo anterior con las mínimas palabras, diríamos que lo que separa a unos de otros es la cuestión sobre si, después de todo, existe un orden natural o no. Pues, en efecto, si no hay un orden natural, y la sociedad humana se organiza exclusivamente mediante convenciones inventadas por el hombre, los lib-con estamos drásticamente equivocados. Por el contrario, si existe un orden natural, independientemente de la voluntad humana, son los libertarios quienes ponen en peligro no sólo la felicidad del individuo, sino la propia libertad que pretenden defender, pues es imposible fundar una sociedad libre sobre el error o la mentira.

La concepción del orden natural tiene un origen aristotélico y cristiano. Para mí, donde mejor se halla expresada es en el Evangelio según San Juan: “La verdad os hará libres.” Curiosamente, José Luis Rodríguez Zapatero, pese a tener poco de libertario, resumió perfectamente el sentir de esta ideología cuando se atrevió a invertir las palabras de Jesucristo, con aquella ocurrencia suya de que “la libertad os hará verdaderos.”

Me anticipo ahora a la crítica que seguramente me harán muchos libertarios y progresistas en general. Estos podrán argüir algo como lo que sigue: “Nosotros no afirmamos ni negamos que exista un orden natural en la sociedad humana. Simplemente señalamos que no tenemos la certeza absoluta de su existencia, ni tampoco acerca de su contenido. Por tanto, lo más racional es permitir que cada individuo decida por sí mismo al respecto.”

Esta posición agnóstica es la que normalmente pretende dar por zanjados los debates sobre bioética. Se afirma, por ejemplo, que prohibir el aborto es imponer una determinada moral a toda la sociedad, y que es mucho más razonable dejar que aborte quien quiera, del mismo modo que a nadie se le impone abortar en contra de su voluntad. O por poner otro ejemplo, se sostiene que el matrimonio entre personas del mismo sexo no afecta para nada a quienes creen que el matrimonio es una institución exclusivamente heterosexual, pues nadie les impide casarse con personas de otro sexo.

Cabe señalar que la argumentación agnóstica suele tener un sentido meramente tacticista en los progresistas al uso, que sólo son libertarios cuando les conviene. Pues aunque parezca coherente defender que cada cual haga lo que quiera, sin imponer nada a nadie, la realidad es que son recurrentes las voces que desde el campo progresista pretenden restringir libertades elementales como la objeción de conciencia, la libertad de expresión o la libertad educativa, en relación con el aborto o la ideología de género, como oportunamente ha señalado Elentir.

Pero incluso aunque se respetaran escrupulosamente las libertades mencionadas, existe una objeción más fundamental a la posición agnóstica, y es que tampoco escapa al argumento de la reducción al absurdo. Pues del mismo modo que se defiende que no podemos imponer si debe abortarse o no, tampoco podríamos imponer a nadie si debe tener esclavos o no, por ejemplo. “Estamos en contra de la esclavitud. Muy bien, pero ¿tenemos por ello derecho a prohibir la posesión de esclavos a quien discrepa de nosotros?” (Por retorcido que parezca este argumento, se utilizó en el siglo XIX, adornándolo con consideraciones casuísticas de esclavos felices junto a sus humanitarios amos –algo no infrecuente, efectivamente– que además quedarían expuestos al hambre si eran emancipados, etc. Más o menos igual que hoy nos intentan tocar la fibra sensible, en el caso del aborto, explotando periódicamente casos escabrosos de menores embarazadas, violaciones o incestos.)

Lo cierto es que nadie es verdaderamente agnóstico, en sentido amplio, porque sencillamente no se puede vivir sin tener algunas certezas básicas. Que vivir es mejor que morir, que la libertad es mejor que la esclavitud, etc. Incluso quien dudara de todo, creería en algo: en que no puede estar seguro de nada. El agnosticismo es tan dogmático como la fe religiosa y como el ateísmo. Los creyentes y los ateos tienen ideas rotundas acerca de lo que existe o deja de existir, así como el agnóstico abriga ideas rotundas acerca de lo que podemos saber o no saber. Como dijo Joseph Ratzinger: “Sólo al rechazar la fe se da uno cuenta de que es irrechazable.” Todo el mundo cree en algo, lo reconozca o no. En un caso límite, creerá que no se puede creer en nada, o creerá en “hechos” –lo que él piensa que son hechos, claro.

El agnóstico o escéptico tiene razón en una observación trivial: la falta de acuerdo universal en las cuestiones básicas de la existencia. Unos creen en Dios y otros no; unos creen que existe un orden natural y otros no. Y dentro de cada una de estas posiciones hay casi infinitas variantes. En lo que el agnóstico o escéptico se equivoca es en creer que la suya no es una posición más, sino que él escapa a la incertidumbre por el simple hecho de rendirse a ella, como decía Oscar Wilde de la tentación. (“La única forma de librarse de la tentación es caer en ella.”) Incluso aunque existiera un escéptico absolutamente radical sobre la faz de la tierra, seguiría siendo tan dogmático como todos los dogmáticos a los que mira por encima del hombro.

Corolario evidente de ello es que no existe un Estado ideológicamente neutral. Tanto si legaliza el aborto como si no (o la eutanasia, o los vientres de alquiler, etc.), el Estado jamás es neutral. Parte de una determinada concepción metafísica o epistemológica, aunque generalmente implícita, y al legislar la impone al conjunto de la sociedad. Si para mí la vida humana empieza desde la concepción, un Estado que no la proteja en el vientre de la madre es tan poco “neutral”, y tan cómplice de homicido, como un Estado que no persiguiera el asesinato.

La pregunta que acaso se estará haciendo el lector, tanto si está de acuerdo con mis razonamientos como si no, es la siguiente: si no existe un Estado ideológicamente neutral, ¿cómo conciliamos entonces las enormes y múltiples diferencias ideológicas que existen en la sociedad? Mi respuesta es que no creo que se puedan conciliar, y que lo máximo a que podemos aspirar es a convivir pacíficamente, lo que no es poco. Un método para ello es la democracia, entendida en sentido puramente instrumental, es decir, como un medio para decidir quién gobierna temporalmente mediante elecciones. No –como se la interpreta frecuentemente – como un método para decidir quién tiene razón o para escrutar una voluntad popular elevada a la categoría de entidad mística.

El sufragio universal es un buen sistema en teoría, aunque en el plano teórico también pueda serlo una dictadura benévola. Tanto las dictaduras benévolas como las democracias pueden degenerar, y de hecho acostumbran a hacerlo, como todas las cosas humanas. Y esto por cierto es una observación (que se remonta a Aristóteles) típicamente conservadora, con la que los liberales tradicionalmente han estado de acuerdo.

Los liberales clásicos se han centrado en poner límites al Estado (y especialmente, límites a que el Estado determine lo que está bien y lo que está mal, aunque sea a través de representantes democráticos), y no en la búsqueda de un sistema de justicia perfecta y definitiva. Por ello han desconfiado generalmente de los experimentos de transformación social, como los que subyacen en los vientres de alquiler, la redefinición del matrimonio y los que vendrán. Nada entorpece más al poder que tener que contar con los hábitos, las costumbres y los “prejuicios” de los ciudadanos; e inversamente, nada contribuye más a su expansión que la mentalidad ahistórica consistente en cuestionarlo todo. Cuando nos habituamos excesivamente al cambio, a no dar nada por supuesto, nos hacemos también, inevitablemente, más dóciles ante la arbitrariedad política.

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