Refugiados y conspiraciones judeomasónicas

La crisis de los refugiados ha vuelto a poner de moda, si es que alguna vez habían dejado de estarlo, las teorías conspirativas. Por supuesto, las conspiraciones siempre han existido; el problema es verlas en todo, convirtiéndolas en una plantilla explicativa universal.

No hay duda de que a Kennedy lo asesinó una trama conspirativa, aunque no sepamos si fue cosa de los comunistas, del “complejo militar-industrial”, de la mafia o de otros. Lo que ya entra dentro del campo de la psicología, y no sé si más concretamente de la psicopatología, es pensar que quienes ordenaron matar a Kennedy son los mismos poderes ocultos que diseñaron la “primavera árabe”, o que están detrás del informe de la OMS que perjudicó las ventas de mortadela.

Quien escribe ha sido tildado más de una vez de “conspiranoico” por poner en duda la versión oficial del 11-M. Pero la paranoia es exactamente lo contrario del sano escepticismo, pues no se limita a hacer preguntas o a cuestionarse determinadas informaciones, sino que ofrece respuestas fáciles que sirven para explicar cualquier cosa.

Sobre los refugiados llegados a Europa se han propuesto varias teorías de ese tenor. Una de ellas, puesta en circulación por el presidente húngaro Viktor Orban (al que por otra parte hay que agradecer su valentía frente al pensamiento progresista dominante), acusa a George Soros de haber provocado la avalancha de refugiados para poner en jaque las identidades nacionales europeas. Desde luego, Soros lo tiene todo para protagonizar las teorías conspirativas: multimillonario, judío… Pero incluso aunque admitiera que es lo suficientemente poderoso para movilizar a millones de seres humanos, no consigo entender qué beneficio personal podría obtener de semejante plan.

Para mí que la cosa es mucho más sencilla. Soros habrá financiado ONGés de ayuda a los refugiados porque es un hombre de izquierdas (como tantos ricos), y a la izquierda ya sabemos lo que le gusta el muticulturalismo, el buenismo antifronteras, etc. No hace falta imaginarse secretas maquinaciones para comprenderlo. (En honor a la verdad, Soros también apoyó buenas causas, como Solidarnosc en Polonia.)

Otro tipo de teorías culpan indirectamente de la oleada migratoria a poderes supranacionales, responsabilizándolos de las guerras de Irak y de Siria, que habrían provocado por turbios motivos económicos y neocolonialistas. Estas especulaciones y otras aún más fantasiosas se pueden hallar a granel en la cadena de noticias RT, un aparato de desinformación salvaje al servicio de Putin. Pero también las promocionan, tristemente, personas cultas como por ejemplo Juan Manuel de Prada, con sus matracas sobre “los manejos del anglosionismo”, al que acusa de querer convertir Siria en una colonia, bajo el pretexto “de los derechos humanos y demás bonitas entelequias con que el Nuevo Orden Mundial disfraza su hambre de Dinero.

Probablemente, los Estados Unidos y sus aliados han cometido errores muy graves en Oriente Medio. Y evidentemente, siempre hay personajes que se lucran con las guerras, desde los que venden armamento hasta quienes se hacen con los contratos de reconstrucción. Pero pretender explicar una situación geopolítica tan compleja recurriendo a meros móviles crematísticos es la clase de vulgaridad que uno espera escuchar más en una conversación de bar o de ferretería que en formato literario.

La tercera teoría conspiratoria sobre los refugiados que quiero traer a colación sostiene que detrás de la crisis migratoria estarían los malvados capitalistas (les sonará), deseosos de forzar la baja de los salarios, a base de importar mano de obra barata procedente del norte de África y Oriente Medio. A reeditar esta vieja historieta de aroma lepenista han contribuido involuntariamente declaraciones como las del presidente de Airbus, y las de un think tank próximo a Angela Merkel, que han coincidido en la oportunidad de eliminar el salario mínimo para poder integrar más fácilmente a las masas de inmigrantes.

Desde luego, se trata de declaraciones bastante ineptas, pues parten de la falsa premisa de que la integración de los refugiados es básicamente cuestión de que encuentren trabajo. Pero para decirlo todo, en primer lugar no es cierto que el salario mínimo garantice un nivel más alto de salarios; lo único que garantiza es más desempleo entre personas con baja cualificación. Los alemanes no han tenido salario mínimo hasta hace bien poco (fue uno de los acuerdos de la Grosse Koalition), y los suizos celebraron recientemente un referéndum, ¡votando en contra! Excuso decir que ni Alemania ni Suiza se caracterizan por tener algún problema con amplias masas de proletarios famélicos.

Y en segundo lugar, seamos serios: pensar que los empresarios europeos no ven un medio mejor de aumentar sus beneficios que confabularse para traerse a millones de trabajadores africanos y asiáticos sin cualificación, y en la mayoría de casos sin conocimiento de los idiomas de los países receptores, es tener una idea verdaderamente primitiva de cómo funciona la creación de valor añadido en los países más ricos de Europa.

Como se puede ver, lo que caracteriza a todas estas teorías conspirativas es su burdo economicismo, es decir, la idea de que el mundo está movido fundamentalmente por sórdidos intereses económicos. En esto, la extrema derecha y la extrema izquierda se dan la mano, aunque la primera recurra en ocasiones a un lenguaje seudoespiritual, acusando por igual al capitalismo y al comunismo de “materialismo”. Pero ¿hay algo más materialista que culpar a una determinada raza de todos los males? ¿Hay algo más materialista que pretender hallar las claves de la historia en fuerzas semideshumanizadas como el capital “apátrida” o el sionismo?

Curiosamente, el buenismo progresista que reclama acoger a todos los refugiados se fundamenta también en una premisa inequívocamente materialista: la idea de que en una sociedad igualitaria, basada –por decirlo en lenguaje marxista– en unas relaciones de producción distintas, se esfumarían todos lo conflictos, también los derivados de la inmigración.

Digámoslo claramente: la inmigración no es principalmente un problema económico, sino ante todo cultural. Y consiste en que una gran parte de los refugiados vienen atraídos por unas ayudas públicas que creen que les debemos desde que Mahoma decretó que los musulmanes tienen eterno derecho a vivir a costa de los infieles, entre otros muchos privilegios; y de esta exigencia, dócilmente atendida por las infinitas burocracias europeas, pasan con naturalidad a querer implantar la sharia en Europa. Esto es, por supuesto, absolutamente intolerable, salvo para quienes se crean el cuento relativista de que ninguna civilización es mejor que otra. Si pensamos que toda cultura y toda religión valen igual, y que además Occidente es culpable de todas las hambrunas, del ébola y del próximo tsunami, ellos ya han ganado la guerra cultural, y por tanto la guerra en cualquier sentido. Porque a la postre son las ideas y las creencias las que gobiernan el mundo, no fuerzas ocultas.

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