Cómo nos roban la identidad

El pasado 25 de octubre ABC publicó una jugosa entrevista de Hermann Tertsch y R. Pérez-Maura al primer ministro de Hungría, Viktor Orban, definido con acierto como “la bestia negra de la izquierda europea” y como un personaje incómodo para la derecha políticamente correcta. De las palabras de Orban destacaría el siguiente fragmento:

“La izquierda tiene una visión y una agenda. Ellos creen que hay que deshacerse de las identidades existentes para tener mayor libertad. Que hay que desmantelar la identidad religiosa, la nacional y hasta la sexual porque eso es la libertad. No estamos de acuerdo. Nos parece legítimo, pero no lo aceptamos. Nosotros no lo queremos y en 2011 aprobamos con la mayoría de dos tercios una constitución que considera claramente a la cristiandad como su referente, que respeta la nación, la defiende y mantiene. Que defiende la familia, con una mujer y un hombre.”

Dándole vueltas a estas palabras, me hice dos preguntas: ¿cómo trata de robarnos la identidad el progresismo? (Progresismo es un término más amplio que izquierda, pues engloba también a esa derecha políticamente correcta, al menos una parte de sus posiciones.) Y ¿por qué nos quieren robar nuestras identidades cristiana, nacional y sexual?

Respondiendo a la primera cuestión, creo que es útil para el análisis distinguir dos procedimientos básicos, aunque en la práctica suelen darse entremezclados.

1) El método más burdo y reconocible consiste en atacar, denigrar, ridiculizar y cuestionar directamente aquella identidad que molesta al progresismo. En el caso del cristianismo, se trata de presentar a los creyentes como personas irracionales, intransigentes, incoherentes e hipócritas. Dado que los cristianos somos tan imperfectos y débiles como el resto de los seres humanos, esta táctica dispone de abundante material para sustentarse; basta con poner el foco en los defectos de los creyentes y omitir los de los demás. Pero sobre todo se trata de amplificar, exagerar y generalizar dichos defectos hasta elaborar una grosera caricatura del cristianismo (cosa de meapilas, de fanáticos y de curas pedófilos), con la que personas de formación precaria, especialmente los jóvenes pasados por el adoctrinamiento escolar progresista, tenderán inconscientemente a no querer ser identificados.

De manera análoga se procede con la identidad española. Se considera que España no tiene nada de lo que enorgullecerse, para lo cual se tergiversa de manera sistemática nuestra historia. La Reconquista se recrea como una agresión de bárbaros cristianos contra los civilizados y refinados musulmanes, el Descubrimiento como un genocidio del cual los pueblos indígenas aún no han logrado recuperarse, la guerra civil del 36 como una derrota de una democracia modélica a manos del fascismo, que habría sojuzgado a España durante cuarenta años de terror y miseria sostenidos.

Lo mismo con la identidad sexual. Se presenta a las mujeres que se dedican exclusivamente al cuidado de su familia como oprimidas por el patriarcado, y se inculca en los niños, a través del sistema educativo y de la industria del entretenimiento, la idea de que no existe ninguna diferencia entre hombre y mujer –más más allá de las evidencias fisiológicas– que no esté basada en caducos estereotipos culturales. Por lo demás, sobre los varones heterosexuales, especialmente los casados, se dejan caer, en formatos periodísticos o de ocio, calculadas insinuaciones que los asimilan a una caterva de maltratadores en potencia y clientes habituales de prostíbulos.

2) El segundo procedimiento es más sutil. Consiste no en atacar directamente la identidad que se quiere destruir, sino en favorecer y ensalzar modelos alternativos o incluso identidades abiertamente hostiles a la primera. En el caso del cristianismo, se trata claramente de favorecer al islam, esa religión de paz, con el pretexto indeciblemente hipócrita de la libertad religiosa y la lucha contra la xenofobia y la discriminación, que algunos invocan para defender el derecho a los menús halal en los colegios, entregar la Catedral de Córdoba a los musulmanes u oponerse a la prohibición del burka, pero olvidan cuando pretenden eliminar toda simbología y práctica católicas del espacio público, e incluso de los cementerios.

Respecto a la identidad española, el progresismo, al igual que sucede con el islamismo, no duda en aliarse o incluso fusionarse con los etnicismos más reaccionarios, presentados como movimientos de emancipación, exigiendo que se reconozcan “singularidades” que ya están de sobras reconocidas, como si España tuviera que admitir y reparar unas atroces injusticias que sólo existen en la imaginación resentida y las falsificaciones históricas de los nacionalistas periféricos.

El mismo patrón, en fin, se sigue en el caso de la identidad sexual. Se trata de presentar de la manera más atractiva y cándida unos supuestos modelos alternativos de familia, contrapuestos a la “familia tradicional”, que ya de este modo queda etiquetada como una antigualla a superar.

Los ejemplos de estos procedimientos son inacabables, pero resulta muy ilustrativo el que proporciona una noticia aparecida al día siguiente de la publicación de la entrevista a Orban.

Una notaria “casa” un trío de mujeres en Río de Janeiro. Lo interesante de la noticia, más que el contenido (un suma y sigue en la colección de aberraciones de este mundo desquiciado) es el tratamiento que recibe por parte del periodista de turno, que a duras penas consigue disimular la delectación que le produce el acontecimiento. El trío lésbico es presentado como un “fruto del amor”, sin que se plantee la menor duda sobre lo que durará tal engendro y si no terminará como el rosario de la aurora, y sobre todo con una víctima especialmente indefensa, el pobre niño que una de las componentes del trío planea concebir por inseminación artificial.

El acontecimiento, y esto es clave, se presenta como un avance de la igualdad, a la que inútilmente se oponen aquellos “legisladores conservadores” que tratan de “imponer un único modelo de familia”, en contra del rumbo imparable que ha tomado la sociedad. Qué pueda significar la igualdad en este contexto, es algo indescifrable. ¿Cuál es el límite? ¿Por qué sólo tres personas? ¿Por qué no una “boda” de un quinteto de cuerdas, si para formar una familia bastan “amor, una relación duradera, intención de tener hijos…”? Si cinco violinistas se quieren, conviven y uno o una de ellos quiere reproducirse por inseminación o clonación (todo se andará), ¿quiénes somos los demás para poner trabas a su conmovedora unión?

Quienes tachan de improcedente el “argumento de la pendiente resbaladiza” suelen razonar igual, cuando no son los mismos, que quienes se ofendían cuando se les señalaba que el “matrimonio gay” abría las puertas a la poligamia, que es precisamente lo que se está verificando ante nuestros ojos. El progresista nunca quiere ver las consecuencias de sus ideas, hasta que esas consecuencias se hacen realidad, en cuyo caso pasa a justificarlas con el “argumento” de que debemos aceptar los cambios sociales, como si su mera existencia fuera una prueba de su bondad.

Paso ahora a tratar de responder a la segunda pregunta, muy brevemente: ¿Por qué? ¿A quién beneficia realmente esta infatigable y masiva labor de derribo de nuestras identidades cristiana, nacional y sexual?

Es fácil hallar la respuesta si nos paramos a pensar en un hombre o una mujer desprovistos de identidad, sin religión, sin sentimiento de pertenencia a una nación, sin más identidad sexual que el hecho de poseer unos atributos anatómicos determinados, que incluso podría modificar a voluntad. ¿Qué motivaciones rigen la vida de este tipo humano? Pueden ser muy diversas, pero apuesto a que las más poderosas serán apetitos puramente materiales, esto es, la búsqueda de la seguridad y del placer. Un ser así, sin ideales ni aspiraciones trascendentes, será sin duda mucho más fácil de comprar, de sobornar, de conducir, de manipular. Será más gobernable, en suma. Las personas con creencias y principios firmes que vayan más allá de llenar el estómago y de compartir fluidos corporales, son un dolor de cabeza, un inconveniente para los gobernantes que sólo creen en el poder. No se las puede conquistar tan fácilmente con subsidios ni con entretenimientos banales o “libertades” embrutecedoras.

No hace falta imaginar conspiraciones masónicas, ni pensar en reuniones del Club Bilderberg (aunque haberlas, haylas) para comprender que existe una tendencia a menudo inconsciente, y con la que colaboran alegremente infinidad de tontos útiles con titulación universitaria, para crear una suerte de gobierno mundial que instaure coactivamente el progresismo como religión global oficial. Una pata importante de este plan es el tinglado del cambio climático, un pretexto perfecto, y precedente inmejorable, para imponer constructos ideológicos a las sociedades, desde instancias supranacionales irresponsables y ajenas al control democrático.

El progresismo aparece hoy por hoy como una fuerza triunfante, aunque no exenta de contradicciones. La principal ya la hemos señalado, su alianza tácita y táctica con el islamismo para hostigar al cristianismo. ¿Quién utiliza a quién? ¿Progresistas a islamistas o al revés? Sea como fuere, si vencieran los que aspiran a restaurar el Califato, el progresismo habría hecho el peor negocio posible.

Otra contradicción que no siempre se comprende bien es el carácter antiglobalizador y anticapitalista del progresismo, pese a beneficiarse tanto de la globalización como del capitalismo. La circulación de información, de patrones culturales y el aumento de la prosperidad, consecuencias principales de la extensión de la lógica del mercado, son aprovechadas, paradójicamente, por quienes odian el mercado libre para difundir sus ideas y para reclamar más poder para los Estados, que contemplan la riqueza creada por la libertad económica como un apetecible botín, que pueden esquilmar fiscalmente o incluso apropiarse directamente. El resultado, allí donde triunfa el populismo anticapitalista, es que la riqueza se destruye en pocos años, lo que si no acaba con dichos regímenes (que pueden ser muy resistentes, a costa de los sufrimientos de la población), los lleva a enquistarse y a perder influencia global.

Estas contradicciones podrían acabar tumbando al progresismo. Pero para que ello no beneficie al islamismo ni a los populismos indigenistas o a los tribalismos europeos, es imperativo reforzar nuestra identidad judeocristiana y las grandes identidades nacionales europeas. Ello no tendría por que ser incompatible con un proyecto europeo confederal, desde luego distinto del actual modelo burocrático. Y requiere asimismo que la reacción contra el progresismo supere sus propias contradicciones, que también las tiene (y el propio Orban es un buen ejemplo de ello), y no confunda la oposición al establishment progresista supranacional con la vía autoritaria al estilo de Putin, y menos aún se deje impresionar por el modelo chino. Volver la mirada a Oriente es uno de los efectos de ese olvido de nuestras propias raíces cristianas y nacionales.

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2 comentarios sobre “Cómo nos roban la identidad

  1. No lo había hecho antes, pero alabo la precisión en el manejo de los términos y la sabiduría que expresa en el post su autor. Leyendo la primera parte del punto 1 me viene a la mente una frase de G. K. Chestertón “Un católico convencido es hoy día la persona mas realista y mas lógica que camina sobre la faz de la tierra”. Igual lo relaciono en algo con la obra de C.S. Lewis “Mero Cristianismo”, donde Lewis explicita muy bien, en los primeros capítulos de su libro, la relación inseparable entre ley natural y el destino (natural) del hombre.

    Saludos a Carlos y Dios le de mucha sabiduría

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