Cómo ser católico sin molestar

Una manera muy asequible de ser católico sin molestar a nadie es evitar pronunciarse sobre determinados temas en un sentido claro e inequívoco, que pudiera delatar nuestra fe. Pero esta actitud puede que ya no sea suficiente en nuestros días. El solo hecho de decirse católico puede llevar a algunos a pensar que compartimos creencias sostenidas por la Iglesia durante dos mil años, lo cual a su vez sería causa de situaciones incómodas. A continuación, desgranaremos unos pocos consejos prácticos para prevenir dichas situaciones.

En primer lugar hay que dejar bien claro, en cuestiones de bioética y moral sexual, que no somos unos beatos gazmoños e intolerantes, sino que no nos distinguimos de la manera de pensar de la mayoría. Si hablamos de natalidad, será útil precisar que no estamos a favor de que las mujeres se pongan a parir “como conejas”. Y si tenemos tres o más hijos (quien escribe, sólo dos: que conste) conviene ocultar la menor muestra de orgullo. (Una señora con tres vástagos, al felicitarla por ello, me respondió: “Pues no se lo aconsejo”.)

Sobre nupcialidad y divorcio, uno tiene que mostrarse abierto a que la Iglesia reconozca -¿qué digo?- dé su bendición a todas las situaciones, sin hacer la menor distinción. El divorcio, las parejas de hecho, incluso las parejas del mismo sexo. Aunque cada vez se case menos gente por la Iglesia, debemos mostrarnos muy preocupados por esa ínfima minoría de católicos vueltos a casar civilmente y que quieren comulgar con pleno consentimiento del cura. También debemos manifestar simpatía por las parejas de hecho, porque el amor no necesita “papeles” y además “casarse es muy caro”. (Somos gente moderna y anticonvencional, pero por alguna razón, ya se sabe que uno no puede casarse sin invitar al menos a un centenar de personas a un banquete.) En cuanto a la otra minoría (dentro de la minoría homosexual) que quiere el matrimonio gay, decir “¿quién soy yo para juzgar?” tiene efectos balsámicos y nos granjea inmediatas y fáciles simpatías. También es muy socorrido aquello de admitir tener muchos amigos gays, para demostrar lo comprensivo y tolerante que es uno. Hace un par de días escuché a un famoso profesional en televisión decir que tenía “miles” de amigos gays. Lo mío es de pena, porque no creo que tenga más de una decena de amigos; todos aburridamente heterosexuales, que yo sepa.

Más delicado es el tema del aborto, eso hay que reconocerlo. Aquí lo prudente sin duda es guardar un elocuente silencio. Así, cuando uno no tiene más remedio que pronunciarse a favor de la vida, cabe aclarar enseguida que aboga por la abolición de la pena de muerte en todo el mundo, sobre todo en Estados Unidos. Esto tiene su mérito, que sin duda nos será reconocido y elogiado, porque en el país norteamericano se provocan entre un millón y millón y medio de abortos anuales, mientras que las ejecuciones de pena de muerte no suelen sobrepasar las cuarenta, últimamente. Además, la mayoría de las ejecuciones del mundo se producen en China; pero como las estadísticas son ahí secretas, quedamos eximidos de cualquier valoración, que además sería poco elegante, en el caso de un occidental. Lo cual nos permite pasar a otro orden de temas.

Un cristiano que no se conforme sólo con no molestar, sino que además quiera ser invitado a cócteles, debe decir pestes de Occidente; vamos, que nuestra civilización (valen también expresiones como “la economía del descarte” y tal) es lo peor de lo peor, la principal responsable del cambio climático, del hambre, las guerras -y vaya usted a saber si el sida y el ébola no han sido creados en un laboratorio de la CIA. Por tanto, cuando alguien trae a colación barbaridades cometidas en otras culturas, lo educadamente progresista es zanjar el asunto diciendo que “en todas partes cuecen habas”, y a otra cosa. Un católico de mundo, un cristiano que verdaderamente quiera ser respetado, tiene que empezar por detestar la civilización donde primero arraigó el cristianismo, tiene que ignorar cualquier remota correlación entre esta religión y menudencias como la democracia, el Estado de derecho, la abolición de la esclavitud, el arte y la ciencia de los últimos siglos. Todo lo contrario, debe mostrarse convencido, como la gran mayoría, de que por alguna razón, todas esas cosas florecieron en Europa y América a pesar de la singularidad de su carácter cristiano. (Galileo y Newton no eran budistas, pero seguramente por poco.)

Creo que sólo nos queda un motivo de reticencias hacia el catolicismo, y es la creencia en los dogmas de la Trinidad, la virginidad de María, la Encarnación y la Resurreción, entre otros. En nuestro mundo científico y racionalista, donde los programas televisivos de divulgación cultural copan las máximas audiencias, muy por encima del deporte y la prensa de la entrepierna, la simple sospecha de que uno crea en tales cosas, puede resultar hasta ofensiva. Pero por suerte, en nuestra ayuda acuden sesudos teólogos que, en resumen, y por no ser prolijos, nos vienen a decir que todo esto son simples símbolos o mitos, que no deben ser tomados verdaderamente en serio por personas maduras, salvo como enternecedores ornamentos tradicionales. Aquí queda como muy intelectual y fino definirse como “católico cultural”. El triunfo suele estar asegurado: uno no cuestiona lo más mínimo el progresismo ambiente, al tiempo que se muestra un tanto traviesillo sacando a relucir una cierta debilidad estetizante por suspersticiones primitivas.

Siguiendo estos consejos, los católicos no sólo pasaremos desapercibidos, sino que incluso podemos aspirar a caer simpáticos. A fin de confirmar esta impresión, basta con que nos mostremos encantados con el papa Francisco, que en cuestión de simpatía sabe un rato, y sin duda todavía va a depararnos momentos inolvidables.

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4 comentarios sobre “Cómo ser católico sin molestar

  1. Me considero agnóstico, pero siento un gran respeto por las diferentes creencias religiosas (aunque las clasifique de forma distinta en función de sus respetos por las de los demás); únicamente me molestan aquellos que intentan imponerme las suyas. En el contexto actual, realmente ser católico parece un ejercicio de equilibrismo, sobre todo a partir de las declaraciones del Papa Francisco y de la necesidad de inclusión de cualquier ideología —o religión— en ese cajón de sastre llamado “lenguaje políticamente correcto”. A pesar de mi agnosticismo, sin embargo —o debido a él— solía leer su blog anterior y, ahora que ha abierto uno nuevo, lo seguiré también. Lo felicito por su sensatez; no estar de acuerdo en algunos aspectos es un motivo de enriquecimiento, así que gracias por compartir sus ideas.

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