Una introducción crítica al progresismo

En una fecha tan relativamente temprana como 1947, Julián Marías sostenía que “el mundo en que vivimos no es cristiano” y que, por primera vez desde Carlomagno, los cristianos “se sienten en Europa como fracción.” Ahora bien, si Occidente (pues creo que podemos generalizar hasta tal punto) ya no es cristiano, cabe preguntarse legítimamente qué es; es decir, qué visión del mundo es la que ha venido a desplazar al cristianismo de su posición hegemónica durante siglos. La respuesta a esta cuestión constituye la primera tesis de este ensayito:


el hombre occidental ha dejado de ser ante todo cristiano para convertirse en aquello que usualmente llamamos progresista.


La primera objeción parecerá obvia. Se nos dirá que no existe ninguna incompatibilidad entre el cristianismo y el progresismo; más aún, para algunos, el progresismo sería incluso la única actitud verdaderamente coherente con el auténtico mensaje del evangelio. Pero cuando decimos que nuestro mundo ha dejado de ser cristiano, no pretendemos negar que existan cientos de millones de cristianos. Solamente afirmamos que en el espacio público, en las instituciones, en los medios de comunicación, en la cultura, el cristianismo no es una referencia, no es un marco de pensamiento implícito, ni siquiera en los detalles más nimios. ¿Se imaginan hoy a un locutor diciendo algo así como “no hubo que lamentar daños personales, gracias a Dios” o “nos veremos mañana a la misma hora, Dios mediante”? Probablemente, semejante audacia le valdría a nuestro héroe ser expedientado, o incluso despedido, por conculcar el libro de estilo del medio, en medio de una tormenta de protestas de indignados laicistas.

Evidentemente, estamos generalizando. Todavía hay médicos que se atreven a mantener un crucifijo en su consulta de la Seguridad Social… hasta que la dirección del centro de salud, advertido por algún usuario, le conmina a la retirada de esa intolerable simbología religiosa en un edificio público, según una reciente noticia.

La otra objeción a nuestra tesis inicial provendría del terreno de los críticos con el progresismo, y se referiría al propio término. Generalmente, desde esas posiciones se prefieren el entrecomillado irónico, junto a expresiones sinónimas, como la contracción peyorativa “progre”, “lo políticamente correcto”, “pensamiento único”, “nueva ética global”, “ingeniería social”, etc.; o bien los críticos apuntan a partes, temas o rasgos del pensamiento progresista, como el laicismo radical, la ideología de género, el ecologismo o el “buenismo”. Es decir, se evita sistemáticamente, casi siempre, criticar al progresismo llamándolo por su nombre. La razón de ello es obvia. El término goza de tal prestigio (superior incluso al de “izquierda”, que genera más división) que sencillamente son muy pocos quienes estarían dispuestos a ser tachados de antiprogresistas, o simplemente de no progresistas. El resultado de esta prudencia verbal me parece no menos evidente. Protegido de toda crítica incluso por sus propios adversarios, el término progresista se conserva impoluto, y constituye un capital nada desdeñable en manos de quienes componen con él sus lemas y consignas ideológicos.

Aquí llamaremos progresistas a los progresistas, tal como se llaman a sí mismos. Por deportividad, pero sobre todo por claridad, que es vital en esta cuestión. Aunque no debería hacer falta decirlo, no ser progresista no significa ser contrario al progreso, en el sentido más trivial de mejora, del mismo modo que no ser socialista no significa ser contrario a la sociedad ni a la gente.

Con lo dicho ya he anticipado cuál es mi posición frente al progresismo. Por expresarla de manera más formal, diré que mi segunda tesis es que


el progresismo, a pesar de su indudable éxito, es una cosmovisión errónea.


A fin de argumentar tal afirmación, primero voy a ofrecer una sumaria descripción del pensamiento progresista, en su modalidad mainstream o corriente principal, dividiéndola en seis temas: (1) economía; (2) ecología; (3) feminismo, sexualidad y bioética; (4) pacifismo y educación; (5) interpretación de la historia y (6) cristianismo. En segundo lugar, trataré de mostrar el denominador común, o principio esencial subyacente de las ideas progresistas en cuestiones tan variadas, lo cual me llevará a impugnar el progresismo en su conjunto.

I. Descripción del progresismo

1) Economía

Una de las ideas de más éxito del progresismo, admitida incluso por muchos que nadie consideraría progresistas, ni acaso ellos mismos, es que sólo el Estado puede garantizar el acceso universal a servicios públicos como la sanidad y la educación, entre otros. Una consecuencia prácticamente inmediata de esta afirmación es que deben existir unos impuestos elevados y progresivos para sostener el Estado del Bienestar, como se denomina al sistema de prestaciones y subsidios públicos. En esta cuestión, las diferencias entre derecha e izquierda tienden a ser de matiz, sobre todo en Europa. En Estados Unidos la primera todavía mantiene una defensa bastante firme de un presupuesto público reducido, como se ha podido comprobar en la oposición que ha encontrado Obama a su proyecto de sanidad pública. En el viejo continente, el consenso socialdemócrata es casi total, y por ello cada vez tiene menos sentido hablar de derecha e izquierda (y no sólo en cuestiones económicas, como veremos). Lo que tenemos en realidad es un régimen europrogresista cuestionado por minorías divididas, centradas unas en lo económico (liberales) y otras en cuestiones de bioética y defensa de la familia (movimiento provida, La Manif Pour Tous), con algunos puntos de encuentro como la defensa de la libertad educativa. Pero volvamos al tema económico.

Otro ingrediente clave es la necesidad de la masiva intervención del estado en la regulación del mercado. Esto incluye desde medidas de control de precios y salarios (salario mínimo, protección de ciertas industrias y de la agricultura mediante subsidios, aranceles y otras normativas), limitación del suelo urbanizable, promoción de vivienda pública para facilitar el acceso a la vivienda, limitación de horarios comerciales para proteger al pequeño comercio y un largo etcétera.

La idea del Estado del Bienestar se fundamenta en una concepción global denominada juego de suma cero. Es la idea según la cual existen pobres porque hay ricos. La desigualdad se percibe como el principal problema del mundo, que además no estaría sino agravándose. “Los pobres cada vez son más pobres, y los ricos, más ricos.” Para solucionar este problema, la única solución es la política, es decir, la intervención del Estado, la lucha contra el fraude fiscal, que los ricos financien unos extensos servicios sociales. O dicho de otra manera, contrapesar el poder económico (que es el verdadero poder) con el poder político, que emana de la voluntad popular. Conviene señalar que, en este marco ideológico, la caridad, tal como la ejercen la Iglesia y muchas asociaciones laicas, al mitigar los peores efectos de un sistema social injusto, sólo serviría para perpetuarlo. Lo que procede es repartir la riqueza mediante la coacción fiscal y la intervención del Estado en las relaciones entre empresarios y asalariados.

2) Ecología

Para los progresistas, la naturaleza no cesa de degradarse, por culpa de la economía de mercado, que antepone los criterios productivos y consumistas a cualquier consideración medioambiental. Especialmente grave resulta el cambio climático inducido por el hombre, que nos obliga a drásticas medidas de reducción de emisiones de gases industriales. Ello hace inevitable una decidida intervención del Estado, también en este ámbito, para obligar a las empresas a aplicar dichas medidas. Por otra parte, es preciso además que los gobiernos intervengan para promover fuentes de energía limpias y renovables, que no comprometan el futuro de las próximas generaciones. Esto implica, por ejemplo, prohibir la energía nuclear y también el fracking, la nueva técnica de extracción de petróleo cuyo desarrollo en Estados Unidos está revolucionando el mercado mundial del crudo.

También habría que prohibir o regular severamente la producción de cultivos y alimentos transgénicos, que sólo benefician a poderosas multinacionales y pueden ocasionar serios problemas de salud.

En términos genéricos, el actual sistema económico neoliberal es insostenible, y más pronto que tarde será imperativo reducir el crecimiento económico, si no queremos agotar las materias primas y dañar de manera irreversible los procesos biológicos. Esto incluye, por cierto, limitar también el crecimiento demográfico mediante el control de la natalidad, lo que implica difundir entre los países más pobres las técnicas anticonceptivas y la despenalización del aborto. Al mismo tiempo, es necesario proteger a las especies animales no humanas, reconociendo sus derechos en algunos casos, como los simios y otros mamíferos.

3) Feminismo, sexualidad y bioética

Reivindicación fundamental del progresismo es la despenalización total o parcial del aborto, considerado, de manera explícita o implícita, como un derecho de la mujer. El aborto obedece a dos concepciones fundamentales. La primera, que la igualdad entre los sexos obliga a intentar neutralizar o minimizar en lo posible todo aquello que por la biología los separa. Así, puesto que sólo las mujeres pueden parir, es preciso que dispongan de todos los medios para librarse de un embarazo no deseado, incluido el deshacerse libremente del bebé antes del nacimiento. La segunda idea, estrechamente relacionada con la anterior, parte de considerar el sexo consentido entre adultos como una práctica en la que no hay nada moralmente más relevante que “en la comida o en los paseos por el campo” (Savater, Ética para Amador). Está relacionada con lo anterior porque, entre otras cosas, esto implica que cualquier diferencia de comportamiento sexual entre hombres y mujeres no tiene ninguna justificación, y sólo puede explicarse por prejuicios culturales. Y esta idea conduce al aborto, porque si efectivamente queremos que el sexo sea una actividad banalmente divertida, sin drama, es preciso eliminar antiguallas como los celos o los bebés no deseados.

Consecuencia fundamental de esta concepción de la sexualidad es que existe un número indefinido de modelos de familia (monoparentales, homoparentales, etc.), socialmente tan valiosos y apropiados para los niños como pueda serlo la familia tradicional. (La derecha política suele ser en estas cuestiones tan progresista como pueda serlo la izquierda. En España, el Partido Popular ha aceptado, salvo un pequeño retoque, las leyes del aborto y del matrimonio homosexual promulgadas por Zapatero en la anterior legislatura.) Abundando en todo esto, no tiene sentido hablar de matrimonio para toda la vida, porque el amor es un sentimiento que las personas no pueden controlar. Por ello es preciso poner todas las facilidades para el divorcio.

Más allá del sexo, para el progresista es evidente que queda mucho por hacer hasta lograr la plena igualdad entre hombre y mujer. Tanto el maltrato que sufren muchas mujeres por parte de sus parejas o exparejas masculinas, como las diferencias salariales, como la menor representación que ellas tienen en determinadas actividades y puestos de responsabilidad, son consecuencia de la ideología machista que persiste en nuestra sociedad. Por ello, de nuevo los gobiernos tienen que intervenir favoreciendo al sexo femenino (discriminación positiva) con leyes que corrijan esta injusticia.

Dentro de este apartado, no debemos olvidar que es también progresismo defender la eutanasia, los vientres de alquiler o la experimentación con embriones humanos con fines terapéuticos, entre otras debatidas cuestiones bioéticas.

4) Pacifismo y educación

Una idea central del progresismo es que las causas fundamentales de la violencia son la pobreza, la desigualdad y las injusticias. Esto significa que tanto la delincuencia común como el terrorismo político o religioso son consecuencia de un sistema social injusto (capitalismo) o bien de intervenciones militares encaminadas a sostener ese sistema (imperialismo). El capitalismo y el fascismo han causado, y siguen causando, más muertos que todas las revoluciones de izquierdas y el terrorismo juntos, los cuales, en este sentido, podemos comprender, si no siempre justificar. Como norma general, detrás de todas las guerras existen conflictos o intereses económicos. Por ello, en cualquier conflicto en que una de las partes sea un país occidental o Israel, este será el principal culpable, pues sólo puede obedecer a perpetuar un orden económico y geopolítico injusto. Todo conflicto puede resolverse mediante el diálogo, y prevenirse mediante el desarme de al menos una de las partes. Incidentalmente, conviene señalar que la libertad de armas es la principal causa del alto número de muertos por arma de fuego en los Estados Unidos.

Más conclusiones derivadas de lo dicho. La finalidad de las leyes penales es la reinserción de los delincuentes en la sociedad, pues en gran parte el delito es consecuencia de un sistema socialmente injusto. Esto implica que ni la pena de muerte ni la cadena perpetua son admisibles.

Los países ricos deben acoger sin restricciones a todos los inmigrantes que pretenden cruzar pacíficamente sus fronteras, y proporcionarles unas mínimas condiciones de vida. Tanto la frontera entre Estados Unidos y México como la barrera de Cisjordania o las vallas de Ceuta y Melilla son tan injustificables como el muro de Berlín. En cuanto a las costumbres de los recién llegados, debemos ser respetuosos con ellas, por norma general, incluso cuando chocan con nuestras ideas progresistas (como ocurre con el velo islámico, o incluso el burka), porque  no tenemos derecho a imponer nuestra cultura a nadie. No todos los progresistas están ni mucho menos de acuerdo en este último punto; sin embargo, es más difícil que se cuestione el progresismo de alguien por ser tolerante con el burka que por lo contrario, e incluso en este último caso fácilmente surgen acusaciones de xenofobia.

Como decimos, el progresismo es poco amigo de las fronteras. Esto, que en principio parece conducir al internacionalismo, implica también una mayor flexibilidad o comprensión frente a demandas de los nacionalismos sin Estado, al no considerar inamovibles los límites territoriales vigentes. Por un lado, los progresistas están a favor de que los Estados cedan aún más soberanía a la UE; por otro, les resulta incómodo oponerse con claridad al derecho de autodeterminación, cuando no simpatizan con él. En general, el progresista tiende a pensar que la voluntad democrática debe estar por encima de las leyes, incluso si estas fueron, en su día, votadas democráticamente. En contra de lo que algunos progresistas y no progresistas afirman, la relación del progresismo con los nacionalismos no es contra natura. Surge naturalmente de que ambos comparten esa idea de la relación entre el derecho y la democracia, es decir, de que el primero debe someterse a la segunda.

En general, una de las ideas más caras al progresismo es que la rebeldía y la transgresión de las normas (de todo tipo: políticas, morales, estéticas, etc.) son las principales fuerzas que hacen avanzar a la humanidad. Y en relación con ello surge también su concepción de la educación. El fin primordial de esta no debe ser la adquisición de conocimientos memorísticos ni de destrezas mecánicas, sino el desarrollo del espíritu crítico y el fomento de la convivencia y la tolerancia. La educación debe ser algo divertido, que no imponga al niño aburridas materias que le son ajenas, sino que promueva la espontaneidad y la creatividad. Y de nuevo enlazando con lo dicho antes, la educación es la verdadera clave para acabar con la violencia, las injusticias y las desigualdades. Es preciso, en especial, educar a los niños en pautas no sexistas, para erradicar el machismo y la homofobia.

Además de por supuesto implantar una educación pública de calidad, el Estado debe subvencionar y favorecer fiscalmente la cultura en general. Esta no puede ser una mercancía. Digamos por último, dentro de este apartado, que los intelectuales y artistas suelen ser progresistas como consecuencia, según creen, de disponer de más información, capacidad de análisis y espíritu crítico. En cambio, las personas conservadoras (no progresistas) basan sus ideas y creencias en prejuicios, ignorancia, fanatismo o intereses inconfesables.

5) Interpretación de la historia

Para el progresismo, la historia es un proceso de gradual liberación del ser humano, aun cuando existan recaídas que pueden durar décadas o siglos. En general, la Edad Media se concibe como una etapa de oscuridad de mil años sobrevenida tras un período de esplendor crepuscular del paganismo, que en su fase final precristiana le recuerda al progresista nuestra propia época escéptica y hedonista, retratada por Marguerite Yourcenar en Memorias de Adriano. Sin embargo, en el caso de España, sobre todo en el ámbito académico, tiende a ver con buenos ojos la etapa islámica, en la que hubo una modélica convivencia de las tres culturas (cristiana, judía y musulmana), truncada brutalmente por la expansión de los reinos cristianos. Asimismo, se tiende a despreciar el descubrimiento de América, en el que básicamente se perpetró un genocidio contra los pueblos indígenas.

Centrándonos en el siglo XX, para el progresista la guerra civil española fue un conflicto entre la democracia y el fascismo, que no en vano ganó este último gracias a la superioridad militar proporcionada por Hitler y Mussolini. La represión en la zona nacional fue organizada por las autoridades, mientras que en la zona del frente popular se debió a las acciones de incontrolados. El régimen franquista fue de principio a fin una oscura noche de represión y miseria. Ampliando el horizonte más allá de nuestra península, el régimen bolchevique surgido en Rusia en 1917 nació como una rebelión contra la opresión zarista. A su vez, el nazismo fue una reacción de la burguesía alemana contra el socialismo. Salvador Allende fue un mártir de la democracia, y Ernesto Che Guevara un idealista que luchó por liberar a los oprimidos por el capitalismo.

6) Cristianismo

La Iglesia católica sigue estando muy atrasada en cuestiones de moral sexual. El papa Francisco está intentando cambiar esta situación, consciente de que el Vaticano debe adaptarse a los tiempos modernos, pero encuentra feroces resistencias internas, que en su intransigencia incluso amenazan con un cisma. La Iglesia ha sido hasta ahora, al menos, enemiga del conocimiento y de la ciencia. A fin de cuentas, la religión es un medio del poder para mantener a las masas en el embrutecimiento. Todas las religiones son similares. El islam es tan pacífico (o agresivo, según se mire) como el cristianismo, al menos si nos basamos en la historia y en sus respectivos libros sagrados. Un mundo sin religión sería en cualquier caso mucho mejor, tal como canta John Lennon en su canción Imagine. El espacio público y la enseñanza deberían estar libres de simbología cristiana.

Para el progresismo, que en esto es un directo heredero de la Ilustración, creer en Dios es una mera cuestión de fe, sin ninguna base racional. En realidad, a medida que avanza la ciencia, más difícil es creer en un Dios personal (antropomorfo). Por último, cabe decir, a la luz de los conocimientos actuales, que Jesús de Nazaret no fue más que un maestro de moral, que ni realizó milagros, ni pretendió fundar ninguna Iglesia, ni por supuesto resucitó. Y prácticamente no sabríamos nada de él, porque los evangelios no son fuentes históricas fiables.

II. La esencia del progresismo

Espero que mi descripción del pensamiento progresista no se tome como una caricatura o algo semejante. He tratado de exponer los puntos de vista que encajan dentro de esa denominación de forma lo más desapasionada posible, empleando en lo posible el lenguaje y los clichés progresistas. Por supuesto, existen diferencias dentro del progresismo. No todos los progresistas estarán absolutamente de acuerdo con todo lo enunciado aquí; algunos son más radicales y otros más moderados. Y muchas personas que no se consideran progresistas compartirán sin embargo algunos puntos; por ejemplo, la idea, tan extendida, de que la educación tiene que estar encaminada a defender la creatividad y espontaneidad, huyendo de la memorización de datos y fechas. Sin embargo, no hay duda de que una persona que estuviese de acuerdo con todas esas ideas sería considerado un progresista de manual. El progresismo no es un sistema cerrado y perfectamente definido; sus contornos pueden ser difusos, pero al mismo tiempo presenta una apariencia inconfundible.

La pregunta que surge a continuación es: ¿qué tienen en común todas esas ideas? El autor progresista George Lakoff, en su célebre libro No pienses en un elefante, se hace esa misma pregunta. ¿Qué tienen en común posiciones sobre cuestiones tan distintas como el aborto y los impuestos? Creo que su respuesta sobre los valores familiares tiene mucho de verdad. Los conservadores analizarían todas las cuestiones, desde la política exterior hasta la economía, bajo el punto de vista de un virtual padre estricto, que aspira a preparar a sus hijos para enfrentarse a un mundo peligroso, inculcando valores como la disciplina y el esfuerzo; en contraste, los progresistas se basarían implícitamente en un modelo de padres protectores, que desean ante todo la felicidad de sus hijos, sea cual sea el camino que elijan en la vida, y que creen que de este modo también contribuyen a hacer un mundo mejor.

Así, por ejemplo, el conservador defiende un Estado reducido porque cree que lo mejor para los individuos es permitir que prosperen por su propio esfuerzo, y no infantilizarlos con la percepción crónica de subsidios. Pero al mismo tiempo, defiende el valor de la autoridad para proteger los derechos de los ciudadanos honrados frente a la delincuencia. Por el contrario, el progresista confía en la educación para reducir la violencia social, y aspira a que todo el mundo pueda vivir dignamente gracias a una justa redistribución de la riqueza, sin que le preocupe que los subsidios y las prestaciones sociales puedan llevar a muchos a vegetar a la sombra del presupuesto público.

La teoría de Lakoff no está lejos, en cierto modo, de la concepción que formuló en los años ochenta Thomas Sowell (uno de los más importantes intelectuales no progresistas de Estados Unidos), que identifica las posiciones conservadoras con un cierto pesimismo antropológico, en contraste con el optimismo consustancial al progresismo. La idea no es nueva, y tiene ilustres precedentes, desde Burke hasta Hayek (La fatal arrogancia). Actualmente es defendida, aparte del citado Sowell, por autores como Roger Scruton, en obras como Usos del pesimismo. El peligro de la falsa esperanza (2010) o, con matices, por el psicólogo evolucionista Steven Pinker (a caballo entre el progresismo y un conservadurismo moderado cercano a Sowell), quien reconoce que las ciencias de la naturaleza humana respaldan más la concepción pesimista que el utopismo de izquierdas. (Véase  S. Pinker, La tabla rasa, Paidós, Barcelona, 2003, pág. 427.)

Permítanme ahora exponer una explicación del progresismo complementaria de las anteriores. Si analizamos cada una de las afirmaciones de nuestra sumaria descripción anterior, hallaremos un rasgo común a todas ellas: que son como mínimo discutibles. Hasta aquí, parece que esto podría afirmarse exactamente igual de otra lista de afirmaciones en el sentido opuesto, que resumieran el pensamiento conservador. Pero siendo esto cierto, no puede dejar de señalarse una diferencia, una asimetría esencial entre el pensamiento progresista y el no progresista. El primero no sólo cree estar en posesión de una cierta verdad (como todo el mundo), sino que además abriga la convicción de que su forma de pensar en sí misma es moralmente superior; repito, en sí misma, independientemente de su adecuación a la realidad. Es decir, su criterio fundamental no es tanto lo que realmente es, sino lo que debería ser, lo que (según su personal criterio) sería deseable.

Anthony Browne, en The Retreat of Reason. Political Correctness and the Corruption of Public Debate in Modern Britain (2006) ha expuesto esta idea, si bien él se refiere específicamente al fenómeno de la corrección política (más exagerado en el mundo anglosajón que en España). Creo, sin embargo, que puede extrapolarse perfectamente al modo de pensar progresista en general, del cual lo políticamente correcto no constituye más que una arista o ramificación, surgida del marxismo cultural de la Escuela de Frankfurt. Browne señala cómo la ideología política dominante “ha sustituido la razón por la emoción, subordinando la verdad objetiva a la virtud subjetiva”.


La medida de aceptabilidad de una opinión deja de ser la correspondencia con la realidad y pasa a ser lo que se supone que una persona decente (= progresista por definición) debería creer.


De ahí que los discrepantes no sean vistos como personas que simplemente se equivocan, con las que se puede mantener un debate, sino como gentes malvadas (xenófobas, homófobas, y todo el repertorio de calificativos conocido) a las que es lícito silenciar y condenar. Así, por ejemplo, si alguien señala con datos en la mano que la tasa de delincuencia de los inmigrantes es superior a la de los nativos, aún antes de sugerir ninguna medida política basada en ese dato, se le vitupera como un inadmisible xenófobo, sin que importe lo más mínimo que su información sea empíricamente verificable o no. Sencillamente, determinadas cosas no pueden decirse, ni en rigor deberían pensarse.

Los ejemplos que ilustran el carácter emocional del progresismo serían inacabables. Me limitaré a tres o cuatro. En economía, es evidente que defender servicios públicos gratuitos, el salario mínimo o la construcción de viviendas sociales a cargo del Estado encaja perfectamente dentro de este sentimentalismo. No se juzga si estas medidas son realmente efectivas, si producen efectos indeseados, incluso contrarios al fin perseguido. Lo único que importa es sentirse moralmente superior por defender los derechos de los más desfavorecidos y las “conquistas” sociales, y permitirse tachar de insolidario “neoliberal” y defensor de los ricos a quien piense que los subsidios y los servicios sociales “gratuitos” universales son un método excelente para cronificar la pobreza, no para reducirla. Así lo demuestra el contraste objetivo entre países como Estados Unidos, o Suiza, donde no existe salario mínimo ni un sistema universal de salud pública (sólo para las rentas más bajas), y Venezuela, donde los emotivos desvelos del régimen por los más pobres han conseguido dejarlos sin acceso a los productos de consumo más básicos.

De manera genérica, la afirmación de que hay pobres porque hay ricos se considera moralmente superior a otro tipo de explicación, de manera previa a cualquier intento de comprobación de su verdad o falsedad. Análogamente, sostener que el cambio climático es una grave amenaza para la humanidad le convierte a uno, automáticamente, en una persona más preocupada por el medio ambiente que a otra que sinceramente piense lo contrario, basándose en los datos objetivos que contradicen los mantras de que las temperaturas globales no paran de ascender y el Ártico de menguar.

Lo mismo puede decirse acerca del papel de la mujer en la sociedad. Sostener que las diferencias de comportamiento en las elecciones profesionales o de otro tipo entre hombres y mujeres pueden tener un decisivo componente biológico, y no exclusivamente cultural, como pretende la paranoia antipatriarcal de la ideología de género, es una opinión en sí misma machista y misógina, antes de que hayamos podido siquiera tratar de contrastarla con la realidad.

Quiero poner un sólo ejemplo más, basado en una de las tesis del progresismo antes expuesta, que a muchos, incluso entre no progresistas, puede parecer indiscutible. Me refiero a la de que Franco ganó la guerra civil gracias a la ayuda de Hitler y Mussolini. Evidentemente, nadie niega que esa ayuda existió, pero el bando del frente popular tuvo a su vez la nada despreciable aportación de la Unión Soviética, y de otros países que sortearon los controles de comercio de armas con los dos contendientes, así como muchos más recursos financieros e industriales, en los inicios de la guerra, que el bando sublevado. Ramón Salas Larrazábal, en su monumental Historia del Ejército Popular de la República, demostró ya en los años setenta, con una acumulación abrumadora de datos, que los factores principales de la derrota del gobierno del frente popular fueron tanto una pésima administración de sus recursos militares y económicos, como un grave déficit de moral militar, que le llevaba sistemáticamente a exagerar la capacidad bélica del adversario, y a quejarse amargamente de sus carencias de armamento y mandos cualificados, cuando la mayor parte de las ocasiones no existía ninguna base objetiva para ello. Pero no importa. Para el Buen Progresista, es artículo de fe que la guerra civil fue sólo un prólogo a la Segunda Guerra Mundial, y que Franco fue un pequeño hitlerito; y quien ose cuestionarlo se convierte automáticamente en sospechoso, o más bien reo, de simpatizante con el fascismo. Esta maniobra, siempre repetida, es tan burda como si por negar que existen pruebas de que a Hitler le olían mal los pies, se nos tachara de más favorables al nazismo que si aceptáramos tal cosa sin la menor comprobación.

El progresismo como un síndrome de emocionalismo irracional choca sin duda con la percepción que tienen los progresistas de sí mismos como personas racionales y hasta científicas. En realidad, no hay ninguna contradicción.


Existe un culto romántico a la razón, una idolatría de la ciencia que tiene poco que ver con cualquier sentido preciso que queramos darle a la racionalidad y a la ciencia.


Algunos confunden la ciencia con las declaraciones de un comité de la ONU sobre el cambio climático, y la razón con los exabruptos más groseros del anticlericalismo. No en vano, el origen del progresismo se encuentra, en buena parte, en la crítica ilustrada de la religión. Pero esa crítica se basaba ante todo en apriorismos ideológicos, más que en conocimientos que arrojaran nueva luz sobre el contenido de las Escrituras y los dogmas de la fe cristiana. Como señaló Chesterton, la  crítica de la religión, antes como ahora, reposa siempre en una razonamiento circular. Se niegan los relatos de sucesos sobrenaturales, como la Resurrección, sobre la base de que quienes los escribieron eran supersticiosos o alucinados. Y si preguntamos por qué se dice que esos autores eran supersticiosos o alucinados, se nos responde: porque creían en sucesos sobrenaturales. En definitiva, los milagros no existen porque los milagros no existen. Este es todo el argumento, no busquen más. Pero todas las leyes físicas conocidas no contienen en sí mismas la más mínima demostración de por qué no podría haber excepciones a las leyes físicas.

Hay probablemente un origen anterior del progresismo, datable en el subjetivismo moderno que arranca de Descartes. Desde el momento en que la filosofía se hizo cuestión radicalmente de la realidad objetiva, o al menos de nuestro conocimiento de ella, se pusieron las bases para una visión de las cosas que adoptara la coherencia interna como criterio único o preferente. En lugar de tratar de averiguar qué hay ahí fuera, de entender cómo es el mundo, desde el siglo XVII la mayor tentación de la intelectualidad ha sido tratar de someter la realidad a nuestras pretensiones; no interpretar el mundo, sino transformarlo, como formuló lapidariamente Marx. Pero una vez perdida la referencia de la objetividad, lo que queda en su lugar es la ideología, o lo que es lo mismo, las emociones más o menos disfrazadas. Occidente debe reencontrarse con la tradición realista de Aristóteles y Santo Tomás (lo que no significa una restauración acrítica) para recuperar la conexión entre racionalidad y cristianismo, hoy cortocircuitada por el embrollo del sentimentalismo progresista.

Nota: Por si quedara alguna duda, el autor declara que considera falsas todas y cada una de las afirmaciones contenidas en la parte I. Descripción del progresismo.

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10 comentarios sobre “Una introducción crítica al progresismo

  1. Me ha gustado mucho el artículo pero debo hacer una observación sobre un punto que considero relevante.
    En el escrito usted parece aceptar la tesis de que América Latina no forma parte del mundo occidental. Dicha idea no es original del progresismo, forma parte del legado de la leyenda negra, sin embargo, es parte fundamental del entramado de ideas que usted expone acá.
    Para los progresistas españoles es importante separar a América Latina del resto del mundo occidental porque, entre otras cosas, les permite justificar el relato de que nada bueno salió del proceso de conquista y colonización de América, les permite defender la idea de que para ser occidental hay que ser “laico” y no religioso como la mayoría de los países americanos, y les permite minusvalorar en general los logros y las virtudes del mundo hispano, solo por mencionar unos pocos efectos.
    Para los progresistas latinoamericanos esta idea es fundamental porque, entre otras cosas, les permite aislar al mundo intelectual local de las ideas foráneas que les son contrarias, sobre todo las provenientes del mundo anglosajón, induciendo un localismo exagerado en el cual no es sorpresa que se tomen como propios solo los idearios progresistas. Este relato les permite hacer frente a la Iglesia Católica, porque se le acusa de haber llegado con la conquista y ser continuación de ella, en Venezuela, mi país, se pretende con ello resucitar cultos precolombinos o popularizar prácticas afrocaribeñas. También les permite asociar a occidente con el neoliberalismo egoísta en contraste con una supuesta solidaridad latinoamericana cuya manifestación más importante es el socialismo. Y esto es solo la punta del Iceberg.
    Aceptemos más bien que el mundo occidental está compuesto por 3 familias, Europa, la familia anglosajona y la familia latinoamericana, cada una con sus peculiaridades pero todas con fuertes lazos comunes que les unen entre sí. Un argentino es tan occidental como un australiano, un colombiano tanto como un canadiense.
    Saludos, siento mucho respeto por su esfuerzo.

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  2. Muy interesante el artículo. Muy bien explicadas las distintas vertientes de opinión del progresismo.
    Mientras leía el comentario de la ‘emocionalidad’ que atribuyes al progresismo no podía evitar pensar en que muchos de los liberales que conozco tienen la misma ‘emocionalidad’ en su defensa del mercado libre. La mayoría no pueden dar argumentos serios a favor de ello, pero llaman ‘progre’ a cualquiera que hable en contra. Y curiosamente, pensaba en cómo eso es similar al catolicismo conservador, con el que, al menos en España está muy correlacionado el liberalismo económico.
    Y en un momento dado, tu mismo me has dado la razón cuando introduces el tema religioso.
    Afirmas sorprendentemente “Se niegan los relatos de sucesos sobrenaturales, como la Resurrección, sobre la base de que quienes los escribieron eran supersticiosos o alucinados”.
    No, no se niegan por eso. Se niega la resurrección, como la existencia de Dios, por falta de pruebas. Es así de sencillo. Igual que se niega la existencia de los Reyes Magos o de Papá Noel.
    Después de un interesante artículo con muchos datos interesantes, acaba saliendo la creencia en Dios y la crítica a la razón.
    Eso echa por tierra cualquier razonamiento anterior.

    Sin ofender, pero cualquiera que afirme creer en Dios, sin ninguna prueba objetiva, está descalificado para hablar de datos científicos, pruebas objetivas, etc. de cualquier otra disciplina.

    Insisto. Respeto a cualquier adulto que crea en Dios o en Papá Noel, pero dudo de cualquier otro razonamiento que esa persona haga, ya que puede estar basado en la misma falta de pruebas que la existencia de Dios.

    Ah, y la nota final es fantástica: El autor ‘declara que considera falsas todas las premisas del progresismo’. Así, de golpe. En contra de unos cuantos premios Nobel, por ejemplo.
    Eso si, el autor declara verdadera la existencia de Dios, sin prueba alguna. Impresionante.

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